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lunes, 18 de diciembre de 2017

Por ti

–Papi, ¿hoy vamos a ir a ver a mami?
–Sí, pequeño.
–¿Por eso nos levantamos más temprano?
–Sí, y por eso también ya nos vamos para el hospital.
Al llegar al hospital padre e hijo se dirigieron inmediatamente a la cuarta planta del recinto, en donde se encontraba el motivo de las constantes visitas que habían efectuado a aquel lugar durante los últimos meses.
–¡Hola, mami! –dijo el pequeño mientras se subía a la cama de hospital que ocupaba aquella mujer.
–¿Cómo estás, cariño?
–Bien, papi me compró un pote de papitas en la cafetería de abajo, ¿quieres? –mencionó mientras estiraba el envase al que se refería.
–No puedo comerlas, cariño, pero gracias.
–Robert, no te le recuestes tan fuerte a tu mami. Buen día, cariño, ¿cómo amaneciste? –dijo besándola.
–Estoy bien.
Pasaron un rato charlando, hasta que el padre se puso de pie y se dirigió al pequeño Robert.
–Robert, ¿puedes cuidar a tu mamá un rato?
–¡Claro que sí! Ya soy grande –acotó el chiquillo de cinco años muy orgulloso de sí mismo.
–¿A dónde vas? –interrogó la mujer a su marido.
–Iré a buscar al doctor Jiménez, tengo que hablar algunas cosas con él.
–¿El qué? –volvió a insistir.
–Nada de importancia, querida. Descansa, y que no te agobie –dijo el hombre señalando a su hijo–. Me llamas cualquier cosa.
Al salir de la habitación, bajó las escaleras hasta la segunda planta, en donde se dirigió directamente al consultorio del médico, que ya lo esperaba dentro.
–Buen día doctor. ¿Cómo está?
–Bien, Sebastián, gracias.
–Qué bueno doctor, pero yo me refería más específicamente a mi esposa, y discúlpeme por hablar tan fuera de contexto y por lo grosero que estoy siendo.
–No te preocupes, lo sé, sólo estaba tomándote el pelo. Bien… Sandra está estable por el momento, pero necesitamos con urgencia que aparezca un donante compatible. Como ya sabes, su situación es muy delicada, e impredecible debido al embarazo, y su corazón puede fallar nuevamente en cualquier momento, su cuerpo está demasiado débil para aguantar otra falla cardiaca. La única salida viable es que encontremos un corazón que sea bien recibido por su organismo.
–Ok, doctor... Pasando a otra cosa, los exámenes que me practicaron... ¿Ya tienen los resultados?
–De unos sí, pero aún falta que entreguen los resultados de otros que son imprescindibles, pero Sebastián, debo recordarte que en algún momento...
–Desentiéndase de eso, doctor, que yo me encargo, usted sólo tiene que preocuparse por ser discreto con lo que atañe a este asunto entre usted y yo, recuerde lo de la confidencialidad paciente-doctor.
–Muy bien... En cuanto tenga los resultados le haré saber inmediatamente.
–Gracias, bueno, lo dejo que siga trabajando y yo volveré con mi esposa y mi hijo.
Algunos días después esta familia seguía en el hospital, y es que la madre, embarazada de seis meses, presentaba graves problemas cardiacos.
–¡Hola! –gritó una joven mujer al entrar en la habitación donde se encontraba la familia.
–¡Tía! –le correspondió Robert.
–Hola, cariño. ¡Hola, viejo amargado! –dijo la joven observando juguetonamente al padre del niño que llevaba en brazos, a lo que este respondió con una mueca.
–No lo llames así, Kata –defendió la convaleciente a su esposo.
–No lo defiendas, Sandra, sabes bien que eso es lo que es, un viejo amargado... –sentenció.
–Viejo amargado y todo, Yokasta, sabes que te caigo sumamente bien –se jactó el individuo.
–Sólo me agradas porque cuando te llevaste a la pitufa de mi hermana, yo me quedé con el cuarto para mí sola –sonrió.
–¡Pero si yo ni siquiera vivía ya en la casa! Estaba estudiando.
–Pero cuando venías de visita, ¿en dónde dormías? ¿Eh? ¡En MI cuarto! –hizo énfasis–. Así qué armé la boda antes de que él te lo propusiera sólo para deshacerme de ti.
–¡Ni tu misma te lo crees! ¡Jajajajaja! ¡Ay! –terminó quejándose Sandra.
–¿Amor? ¿Qué tienes? ¡Llama a una enfermera, Yoka!
Días después la familia recibió aquella noticia que esperaban desde hacía más de cuatro meses. Tenían un donante.
–¡Oh! ¡Por Dios! ¡Gracias Dios! –eran las expresiones que más se escuchaban entre tanta algarabía.
Ese mismo día en la noche, antes de acostar a su pequeño hijo, el padre, Sebastián, se derrumbó momentáneamente.
–Robert, cuando tu hermanita o hermanito nazca serás el hermano mayor... Debes cuidar siempre de él o ella, ¿entendido?
–Sí, papi.
–Y a tu mamá también –especificó.
–¡Claro que sí!
–Y cuando seas grande y yo ya no esté, debes velar por tu mamá, que no le falte nada, porque ella ya estará viejita y no podrá trabajar, pero debes quererla siempre.
–Por supuesto, papi, yo la amo –aseguró el pequeño.
–¿Y a mí? ¿Me amas? –preguntó el padre conmocionado.
–Sí, papi, ¡claro que sí!
–Ven, dame un abrazo –el joven padre de aquel pequeño le extendió sus brazos para recibirlo–. Te amo campeón –le susurró al oído, al borde de las lágrimas.
–Yo también te amo, papi –el niño miró el rostro de su padre, iluminado por la luz del pasillo.
–Recuérdalo siempre. Te amo a ti, a tu mamá y a tu pequeño hermanito –dijo sin poder contener el llanto por más tiempo.
–Sí, papi, pero ¿por qué lloras?
–Porque los amo mucho.
Al día siguiente era la operación, los doctores y las enfermeras iban de un lado a otro preparando todo.

–¿Ya tienen la sala de cirugía lista?
–Sí, doctor, y están trayendo ya a la paciente.

–La anestesia ya hizo efecto, doctor.
–Recuerden que está embarazada, mediquen con cuidado.

–Escarpelo, enfermera.

–¿Ya está en marcha el aparato de circulación?
–Sí, doctor.
–Conéctenla.

–Tengan a mano el corazón sano, voy a sacar este.

–¡Corazón!

–Suture, enfermera...

–Los signos vitales están cayendo...
–¡Está entrando en paro! ¡El desfibrilador!
–Tenga.
–¡Despejen! ¡Otra vez! ¡Despejen!
–¡Hay pulso! Los signos vitales se están elevando.

El equipo médico que trató el caso salió agotado de la sala de cirugías, el doctor que llevó el caso de esa paciente durante los últimos meses se dirigió a la familia para comunicarles el estado de esta.
–La operación salió bien, ahora la trasladarán a la UCI –decía como un autómata, y no sabía si era el cansancio o su conciencia quien le reclamaba–, es posible que no despierte en un par de días, pero mantendremos el control sobre su estado, deben recordar que luego ella tiene que someterse a un tratamiento, debemos seguirla tratando para evitar que rechace el corazón, además de que el parto tendrá que ser por una cesárea, obviamente. Y después de todo eso deberá seguir asistiendo a controles programados durante dos años, aproximadamente. Todo esto como medida preventiva por si... –pero fue interrumpido por Yokasta, la hermana de la mujer a quien acababan de operar.
–Cállese... –siseó esta–. ¡Maldito bastardo! ¡Usted lo sabía! –empezó a alterarse.
–Yokasta, tranquilízate, por favor –trató de calmarla su pareja.
–¡No, Carlos! ¿Cómo coñazo quieres que me tranquilice cuando este pelafustán sabía lo que estaba pasando y no nos dijo nada? Usted... –y señaló al doctor–. ¡Maldito! ¡Mal nacido! ¡Porquería de hombre!
–Enfermera, suminístrele un sedante, inmediatamente –solicitó el médico.
–Ojalá se pudra en el infierno... Se lo... merece... –dijo la joven antes de ser arrastrada por el potente somnífero.
Tres días pasó Sandra en la Unidad de Cuidados Intensivos sin reaccionar, pero siendo vigilada muy de cerca por los doctores; la mañana del cuarto día los médicos consideraron que se encontraba suficientemente estable para pasarla a planta y así lo hicieron.
–¿Hola? –dijo con voz pastosa y ronca al despertar.
–¡Mami! Qué bueno que ya despertaste... –se le acercó su hijo, el cual no se había apartado de ella desde que la trasladaron.
–Hola, cariño... ¿Qué te pasa? Tienes los ojitos rojos –se percató–, ¿estabas llorando?
El niño la miró y no pudo más que asentir como respuesta, pues se ahogaba en llanto nuevamente.
–Cariño, ¿qué pasa? No me asustes.
–Ya despertaste, Sandra... ¿Cómo te sientes? –cuestionó Yokasta al entrar a la habitación, ignorando la escena.
–¿Qué está pasando? Robert ha estado llorando... Y tú también –notó que su hermana también tenía los ojos hinchados–. ¿Qué está sucediendo, Kata?
–Toma –le tendió un papel doblado mientras ahogaba un sollozo.
–¿Qué es esto?
–Es de Sebas –le dijo como toda respuesta.
–A todo esto, ¿dónde está él?
–Léelo... –le instó antes de que le fallara la voz.

–¡Oh, por Dios! Dime que no es cierto Kata, dime que no, por favor... –sollozó.
–Sebas fue tu donante –dijo llorando.

En el papel que quedó desechado se leía:

Cuando te dije que daría todo por ti, no mentía. Mi corazón te pertenece, lo sabes. Siempre fue tuyo, desde el primer día. Y hoy lo es más que nunca. Hoy y siempre. Te amo.
S.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado en algún punto de 2013, según muestran los registros, y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

El Mamey

Un día como cualquier otro visité El Mamey, un campo poco más allá de Higüey, pensé que sería de lo más aburrido, nada entretenido. Me equivoqué, disfruté mucho mi estadía en aquel lugar al que fuimos.
No lo sé, ignoro si todo El Mamey es así, bello y cuidado y hermoso; pero a partir de aquel día, para mí El Mamey es a donde fui; subiendo una loma cubierta de joven y verde césped, se elevaba una hermosa casa.
Hermosa casa sí, pero igual de hermoso el espacio a su lado, un fogón, una cocina de campo, de una belleza nítida pero poco apreciada. La casa te la podrías encontrar en medio de la ciudad, pero aquel espacio techado donde compartimos sólo estaba allí.
La belleza de lo que para mí es El Mamey no sólo reside en aquel lugar de cobijo, sino también en sus alrededores. Desde el exterior, en donde te pares, tienes una vista hermosa.
El suelo es verde y fértil, hay unas cuantas matas de cerezas y mangos, también hay una empalizada más allá, y detrás de esta decenas de alimentos y frutos. Debajo de esa tierra hay sustento para el que lo sabe buscar, y también lo hay para el que sólo ve hacia adelante y no repara en donde pisa.
La caña más dulce la comí en El Mamey, eso es mucho, siendo que vivo rodeada de caña, pero cierto. Dulce, jugosa y suave.
En el horizonte se mezclan cielo y nubes y montañas. Me entristezco al partir, dejo El Mamey atrás, con su cocina de campo y su caña y su horizonte... Y lo añoro hasta el día que vuelva.

Escrito por: Gisselle Beras


Creado en algún punto de 2013, según muestran los registros, y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Lucía

Para ti. Te amo, Pá.



La mayoría (para de entrada no decir que todos) de los libros, las películas, las telenovelas y todas las demás historias que se cuentan comienzan con algo importante, interesante. Bueno, casi nunca es importante, o interesante, pero es lo que detona lo verdaderamente importante e interesante. Es un hecho cotidiano y nada fuera de lo común, algo que no tomarías en cuenta como para pensar que por medio de eso tu vida cambiará.
A Sierva María la mordió un perro, gran cosa. Katniss estaba cazando, ¿acaso no lo hacía a diario? Hanna estaba durmiendo y Tom quería sexo, ¿normal, no? Bueno, la historia de Blancanieves comienza cuando ella nace, pero salta años y años hasta los hechos.
Los hechos. Es esa etapa desde donde se comienza a narrar. Película, libro, trilogía, saga, lo que sea, pero comienza a partir de un punto. Ese suceso que da un giro de 180 grados a la vida del protagonista.
Mi vida no será la inspiración de algún libro, una película o algo por el estilo. Es más, ni siquiera el algo que llame la atención de alguien como para entretenerse. No formará un libro porque no tengo aventuras interesantes, pero es mi capítulo.
Quizás algún día alguien quiera leerlo. Posiblemente no, pero yo quiero escribir este capítulo de mi vida para poder cerrarlo. Una manera de cicatrizar, supongo.



Mi nombre es Jorge Ramírez, tengo 26 años y soy enfermero en el hospital público del centro.
Mis hechos comienzan de una forma muy simplona. Un compañero del trabajo me pidió cambiar de turno porque tenía que ir a una reunión en la escuela del hijo.
La mañana de ese martes, porque era martes, mi rutina fue la de cualquier otro día hasta las diez de la mañana. Desperté, desayuné, me bañé y cepillé, me vestí y peiné y salí para el hospital, no necesariamente en ese orden. Todo normal hasta las diez de la mañana.
No diré que cuando la vi mi mundo se paralizó, mi corazón paró y empecé a hiperventilar. Si lo digo miento. Ella no causó ninguna impresión así en mí. Me pareció bastante rutinario verla. Pálida, ojerosa, delgada y un poco demacrada, si a esas vamos. Era un hospital, no se puede esperar que los enfermos lleguen despampanantes como si estuvieran en una pasarela. No pueden, están enfermos y por eso van al hospital.
El caso es que yo sería el enfermero encargado de llevarla a donde el doctor. La pobre estaba en silla de ruedas porque no tenía fuerzas para caminar.
La llevé y me olvidé de ella durante el resto del día, y la semana también.
Si dije que ahí empezaron los hechos fue porque en ese momento la conocí, aunque no supiera que los hechos habían empezado.
Ni supe, ni pensé ni me interesé en ella durante toda la semana y no fue sino hasta el jueves de la semana siguiente que volvió a mi mente.
La internaron y como estaba en el turno nocturno me tocó atenderla de noche. Así supe su condición y su nombre.
Lucía, así se llamaba, padecía de una leucemia terminal y poniéndolo en palabras llanas no tenía salvación alguna. Habían logrado hacerle un par de trasplantes de médula que le regalaron unos meses de vida, pero luego su cuerpo las rechazaba y empeoraba terriblemente.
Tenía 22 años y había decidido morir en paz. No más quimio, radio ni trasplantes. Que si consiguen otra médula se la den a otro, me dijo una vez.
Ella murió. Tal vez te arruiné la historia porque tenías esperanzas de que ella viviera y fuésemos felices, pero debiste sospechar que si esto era un capítulo, encima para cicatrizar y cerrar y blablablá, ella moría. Sin embargo, fuimos felices, dentro de lo que cabe. Aunque también fui, y soy, malditamente miserable.
No diré que la amé. Pero lo hice. No tenía intención de hacerlo, es decir, ni amarla ni decírselo a usted.
Puede pensar que estoy siendo demasiado inconexo pero lo que necesito es vaciar mi mente, tal vez después lo arregle. Posiblemente no, no necesito ver esto de nuevo ni pensar en cómo mejorar las palabras con que narro la muerte ni los días que pasé con Lucía.
Porque fueron días. Pocos para mí. Si se calculan por días suenan muchos pero no. Empiezo a contar desde que me asignaron como su enfermero personal (porque así lo quiso ella).
A partir de ahí empecé a conocerla. Hablamos, la veía, y con el transcurso de los días descubría que debía ser hermosa físicamente sino tuviera todas las marcas de la enfermedad encima.
Le acariciaba el pelo, que lo tenía muy corto. Sólo lo que le había crecido luego de las quimio. A ella le gustaba y sonreía. Lo hacía débilmente porque no tenía fuerzas, pero era muy bonita.
Cuarenta días. Esos fueron los días que pasé con ella. No la conocí. Para conocer a alguien no bastan años. No me enamoré, yo pasé directo a amarla. Sabía que no tenía tiempo. Menos mal que la amé. No me hubiese perdonado si hubiera perdido el tiempo enamorándome para amarla después que muriera. Me hubiera odiado totalmente sino le hubiese dicho te amo.
Para cualquier persona cuarenta días no es mucho. Para mí tampoco lo fue. Pero agradezco haber tenido esos cuarenta días. Otra vez no mentiré y no diré que fueron los mejores días de mi vida.
Ciertamente no los fueron. Sí, fui feliz con ella, fui feliz por haberla conocido. Me reí y lloré. Ahí, con ella. Ambas. Lloraba y reía frente a ella. Hacía mal, me condenarás alegando que no debía llorar frente a ella. Pero no es así. Tú no sabes nada.
Ella había tenido tiempo de llorar, lamentarse y quejarse. Yo no. Así que a ella no le importaba que yo llorara. Ella lo había aceptado y me ayudó a aceptarlo.
Ella me amó. Quizás eso fue lo mejor de todo.
Estaba yo a su lado. En una silla, bastante incómodo, mientras dormía y sostenía su mano. Ella también dormía, lo sé. Sentí un apretón en mi mano y desperté. Mi sueño se había hecho bastante ligero en esos cuarenta días.
Me dijo que mientras dormía sintió que se empezó a morir de verdad y por eso se despertó. Y me despertó. Ella quería estar conmigo y sabía que yo quería estar con ella. Y viceversa. La miré y le dije que me avisara. No pasaron ni dos minutos cuando asintió, me acerqué y cerré los ojos en el camino.
Le di un beso como el primero que compartimos. Me alejé y con la mano libre cerré sus ojos.

Escrito por: Gisselle Beras


Creado en algún punto de 2015, según muestran los registros, y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

El Club Secreto de la Ventana del Baño (CSVB)


A Sarah,
Porque ella me habló sobre
“El Club Secreto de la Ventana del Baño”.



Nombre de la institución: Club Secreto de la Ventana del Baño
Miembros: 1
Presidenta: Lucía Méndez
Secretaria: Lucía Méndez
Cualquier otro puesto que aparezca: Lucía Méndez
Misión: Brechar al vecino del patio de atrás
Visión: Lograr hablar con el vecino del patio de atrás
Valores: Todos los que me le inculcaron mis padres sus padres a Lucía Méndez



Tenía 15 años ese día en específico cuando fui al baño de invitados que estaba bajo la escalera de mi casa. Era por la tarde y hacía calor. Estando sentada en el inodoro, escuché cuando alguien dijo “¡Fo! ¡Te tiraste un peo!”. Pero no era verdad. Yo sólo estaba haciendo pipí. En lo que me lavaba las manos comprendí dos cosas.
La primera, la voz venía de mi ventana. La segunda, que no fue a mí a quien acusó. Una segunda voz le contestó, diciendo “Mira, asqueroso, fuiste tú y ahora me quieres echar la culpa a mí”. Luego, la primera voz se rió.
Me quedé un rato más, pero no volvieron a hablar.
Regresé al día siguiente y el día siguiente a ese y el resto de la semana. Todos los días en la tarde Voz, así lo bauticé, estaba ahí. A veces solo, a veces acompañado. Me daba cuenta cuando estaba solo porque le gustaba leer en voz alta. Tiempo después empezó a estudiar inglés y yo casi me moría intentando aguantar la risa cuando decía trabalenguas y terminaba mordiéndosela.
Lo hice una rutina. Iba todos los días a la misma hora al baño. Si Abuela me hubiera visto, habría dicho que tenía un reloj en el culo. Pero yo usaba el baño con otros propósitos. Además, nadie me cuestionaba. Esteban estaba en la universidad, Karen escuchando música o donde sus amigas, y Mamá y Papá en el trabajo.
A Voz le gustaba mucho leer. Empecé a buscar los libros que él leía para leerlos yo también y no perderme. Jugaba mucho con su hermanita pequeña. Supe que estaba terminando el colegio, así que supuse que tendría más o menos 18 años.
Pasé tanto tiempo ahí que bauticé ese baño como la sede del Club Secreto de la Ventana del Baño. No podía verlo porque la ventana era muy alta y estaba cubierta por un pedazo de mata. Pero lo oía. Él reía mucho. A veces tenía la impresión de que sabía que yo estaba ahí escuchándolo porque solía pensar mucho en voz alta, como si quisiera que yo lo escuchara.



Yo nunca hablaba. Pasara lo que pasara, esa media hora que permanecía allí, yo nunca hacía ruido. Ni hablar, ni reír, ni toser. Nada.
Hasta el día en el que supe su nombre.
Ya habían pasado, exactamente, un año, siete meses y 23 días desde que empecé a escuchar. Tampoco soy tan loca para llevar la cuenta día por día. Pero las cosas importantes se escriben. Obviamente, había escrito sobre el día en que lo escuché por primera vez. Así que saber cuánto tiempo había pasado desde ese momento hasta que supe su nombre sólo era cuestión de restar y sumar.
Su nombre era Raúl.
No supe el apellido. Eso ya era demasiado pedir.



Sucede que yo estaba esperando a, en ese momento, Voz. Se había retrasado unos minutos, lo cual me encontré muy extraño.
Cuando al fin empecé a escuchar movimiento del otro lado, escuché varias voces. Eran Voz y alguien más. Una voz desconocida. Ni su hermana, ni su mamá, ni nadie que hubiera escuchado antes.
–Vamos, pana –dijo la voz desconocida–. Dale una proba’íta y tú vas a ver que te gusta.
Voz 2 empezó hablando muy alto. Pero a medida que se fue acercando a la ventana del baño, o más bien, alejándose de la casa, fue bajando la voz. Aun  así, los podía escuchar cuchicheando. Me los imaginé pegados a la pared del patio. Sus voces se escuchaban justo debajo de la ventana. Supuse que si la pared no estuviera de por medio, estaríamos frente a frente.
–Te dije que no. No voy a probar ni un chin ni na’ de esa vaina –dijo Voz.
Parecía que le había insistido mucho ya, porque sonaba como si le hubieran repetido lo mismo una y otra vez.
–Pero que te digo que eso te va a ayudar –siguió insistiendo voz 2.
Ya me estaba haciendo una idea de qué era lo que le estaban ofreciendo a Voz y sólo rogaba porque no lo aceptara. Voz 2 continuó.
–Con todo el estrés que tú tienes encima con to’ esa vaina de que tu papá le pegó los cuernos a tu mamá y que…
Voz 2 no pudo terminar porque Voz estalló.
–¡Carajo! Deja de joder la paciencia, hijo de tu ma’i. Ya te dije que yo no quiero tu maldita vaina. Lárgate de aquí. ¡Juye! Que e’ pa’ hoy que te quiero fuera de mi casa.
Nunca había escuchado a Voz tan molesto, y nunca antes lo había escuchado diciendo una mala palabra.
–¿Qué e’ lo que tú dice’? A mí no me hable’ así, ¡coño! Tú sabe’ muy bien que lo que yo te dije e’ verdá’. To’ el mundazo en el barrio lo sabe.
No sé por qué me imaginé al tipo ese sonriendo.
–Ya déjalo, Eric –dijo una voz que no había hablado hasta el momento.
–Sí, no vale la pena –continuó voz 2–. Seguramente esta no es la primera vez que pasa algo así, y él mismo es un cuerno que le pegó su ma’i al que es di’que su pa’i.
Empezó a reír y el otro desconocido lo siguió, pero eso no duró ni 20 segundos.
Yo sólo oí el pum.
Supongo que fue el puño de Voz, pero no puedo asegurarlo. No sé dónde le pegó al tipo aquel, pero cuando este y el otro reaccionaron y empezaron a vociferar, ya Voz había hecho contacto con alguna parte de su cuerpo cuatro veces. Y sonaba como que daba duro.
–¡Raúl, suéltalo que lo va’ a matar! –dijo voz 3.
–Déjalo al pendejo e’te, que me mate. A ve’ si lo meten preso.
–¡No!
Me tapé la boca antes de darme cuenta de que quien había chillado “¡No!” había sido yo.
Por alguna razón cerré los ojos y esperé. Afuera no se oía nada. Supongo que no habrían sospechado de mí porque la mata tapaba la ventana, pero aun así yo estaba muy nerviosa.
–Mierda, ¿qué fue eso? –preguntó voz 2. Deduje que Raúl lo había soltado porque se escuchaba más alto.
–Quizás fue su conciencia que le dijo que no te matara, Eric –aportó voz 3.
–¡No seas pendejo, Wilmer! ¡Si fuera su conciencia no podríamos escucharla!
Menos mal que ya estaba en el baño, por si se me salían los pipís, pensé. Mi mente racional no estaba funcionando muy bien en ese momento.
–Lárguense –dijo Voz.
Después de eso, escuché cómo salían todos del patio. Duré casi quince días sin volver al baño para nada. Incluso cuando estaba viendo televisión en la sala y sentía ganas de ir al baño, prefería subir al del segundo piso.
Esa noche, después de que cené y se me pasó el susto, estaba viendo televisión en el cuarto de Mamá y Papá. Tuve una epifanía. Aunque, siendo sincera, epifanía no es el término adecuado, pero suena más chulo que “caí en cuenta”. El caso es que “caí en cuenta” de que Voz ya no era más Voz. Voz era Raúl. Ya podía darle un nombre de verdad a la voz. La emoción del momento hace que casi pegue un grito.
Pero luego recordé que hacía unas horas por poco me atrapaban y se me bajó la emoción.
Casi decidí no volver nunca más, pero un día que iba saliendo de la cocina, al pasar por el baño que estaba con la puerta abierta, escuché a Raúl jugando y riendo con su hermana.
El Club Secreto de la Ventana del Baño retomó sus operaciones cotidianas.



Tenía ya 17 años cuando vi a Raúl por primera vez.

Cuando Esteban se mudó solo, luego de terminar la universidad y conseguir empleo en otra ciudad, me dieron su habitación y Karen se quedó con la que había sido nuestra habitación desde siempre. La habitación de Esteban era más pequeña que la de Karen y mía. Mamá y Papá pensaron que al final preferiríamos quedarnos juntas o tendrían que rifar la nueva habitación porque ninguna querría renunciar a la más grande.
Por lo tanto, se sorprendieron cuando, muy entusiastamente, me ofrecí a tomar la habitación nueva. A Karen no le importaron mis motivos; mientras la más espaciosa fuera suya, ella no tenía inconveniente en que yo me mudara a uno de los armarios. Mamá y Papá no me cuestionaron más allá de preguntarme con cara de incredulidad si estaba segura. Cuando contesté que sí, Papá declaró el asunto resuelto.
Eso fue durante la cena. Al día siguiente era sábado. Papá me ayudó a mudarme. Tuvimos que pasar todas mis cosas, incluyendo la cama, porque Mamá y Papá le dieron todas sus pertenencias a Esteban, incluyendo la cama, el gavetero y todos los muebles de su habitación, para que se ayudara, según ellos. Al final del día mi habitación era un desastre todavía, pero habría tiempo para organizar después.
Mi prioridad en ese momento era arrimar una silla a la ventana para esperar que Raúl llegara a su patio. Estaba muy emocionada porque luego de tanto tiempo lo vería por fin.
Supongo que parecerá estúpido de mi parte haber esperado tanto tiempo para intentar ver a Raúl. El caso es que ya lo había intentado antes y fallé.
Cuando recién había empezado a escuchar por la ventana del baño intenté verlo por la ventana de la habitación de Esteban. Fui dos días, pero Esteban me atrapó. El primer día entró al cuarto cuando yo estaba buscando una silla y pensó que estaba hurgando entre sus cosas. La segunda vez, Esteban no estaba en casa. Estaba a punto de llegar a la ventana cuando él entró a buscar algo que se le había quedado.
Dado que no tenía una excusa creíble y no podía decirle la verdadera razón por la que estaba allí, me vetó de su habitación. Para asegurarse que no entraba se encargaba de cerrar su puerta con llave. Así, pues, perdí mi oportunidad. Hasta que él se fue de la casa, claro.

Raúl no me decepcionó. Llegó puntual, a la misma hora de todas las tardes. Llevaba una mochila en la espalda, era más alto que yo, pero eso no era mucho decir dada mi estatura. En valor absoluto no se podía considerar alto, sino de estatura media. Iba despeinado. Su pelo era castaño y estaba más largo de lo que había imaginado que estaría. Llevaba un poloshirt holgado y jeans azules. Iba en calipsos. Parecía que acababa de llegar de la universidad.
Se sentó en el único banco del patio. Ese que estaba debajo de una hermosa mata de mango, que vi completa en ese momento por primera vez y no sólo sus hojas. Más importante aún, el banco quedaba justo debajo de la ventana del baño.
Lamentablemente para mi situación, el banco también quedaba debajo de la ventana de mi nueva habitación y lo perdí de vista en cuanto se sentó.
Su mamá lo llamó y él entró en la casa de nuevo. Cuando volvió a salir, llevaba un sándwich en una mano y un vaso de jugo. También deduje que no era muy asiduo al gimnasio. Pero, aun así, se veía apapuchable.
Cuando regresó al banco y lo perdí de vista otra vez, me tiré en la cama.
Había pensado que el Club Secreto de la Ventana del Baño se convertiría en el Club Secreto de la Ventana del Cuarto, pero aquí ni lo veía ni lo oía. Siendo así no funcionaría.
A pesar de lo mucho que me gusta el mango, me decepcionó que esa mata estuviera justo ahí. “Ni modo”, pensé. “Me tocará volver al baño”.
Me fui con ese pensamiento a la cama.



Estaba durmiendo y estaba soñando. Ese momento que sabes que estás soñando y no quieres despertar porque el sueño está bueno y sabes que si abres los ojos no podrás volver al sueño y continuar y, peor todavía, lo olvidarás. Así estaba yo unos segundos antes de despertar al día siguiente. Cuando desperté olvidé el sueño.

Yo estaba sentada en el banco. La mata encima de mí. Giré la cabeza y vi la ventana del baño. Quizás lo más raro del sueño hubiera sido conocer esa perspectiva sin haber estado en esa posición antes sino me hubieran caído los mangos encima. El banco se llenó de mangos, cayeron de él, pero ninguno me golpeó la cabeza. Y seguían cayendo.
Miré hacia arriba y vi la cara de Raúl. Sus cachetes estaban colorados. “Por más que te gusten no te puedes comer todos estos”, me dijo y sonrió.
Mamá me llamó y desperté.

No recordé el sueño hasta que vi a Raúl en la iglesia esa mañana. Nosotros íbamos todos los domingos y nunca lo había visto. Según supe después, lo invitaron ese día. Cuando todo el mundo se estaba despidiendo, me envalentoné, me acerqué y lo saludé.

Ya era hora de que el Club Secreto de la Ventana del Baño dejara de ser tan secreto y admitiera otro miembro.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado el 23 de febrero de 2016, según muestran los registros, y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Tardanza

Elena caminaba rápidamente por la calle atestada de gente. Llegaba tarde y no era la primera vez en la semana; mucho menos en el mes. Bajó a la estación y cuando intentó cruzar la barra de metal, para llegar a la plataforma, por poco cae al suelo. Bufando molesta se dirigió a la taquilla a recargar su tarjeta. Tardó cinco minutos, rezando para no perder el metro, y cuando al fin logró pasar la barra de metal bajó corriendo por las escaleras. En el mismo instante en que llegó el vagón se le resbaló la cartera del hombro y dejó salir algo de su contenido. Maldijo entre dientes y recogió sus pertenencias rápidamente. Ya sea por torpeza o mala suerte se le cayó el abrigo en cuanto se enderezó. Justo cuando iba a agacharse para recogerlo, una mano se lo tendió y otra la empujó hacia el vagón.

Cuando por fin estuvo dentro del vagón, segundos antes de que cerraran las puertas, se dirigió al buen samaritano que la ayudó hacía un momento. Este era un chico más alto que ella y desgarbado. Le sonrió y le agradeció. Él le devolvió la sonrisa y se ignoraron cordialmente durante el resto del viaje. Elena bajó tres estaciones después y dejó al desconocido continuar su viaje.

Llegó a la oficina quince minutos tarde, saludando y tratando de pasar inadvertida para América, su compañera que siempre le recordaba la hora correcta de llegada. Estuvo todo el día yendo y viniendo por el edificio, llevando papeles que debían ser firmados, proyectos que debían ser aprobados y organizando la fiesta de aniversario de la empresa. Para la hora de la comida su jefe había aprobado el presupuesto para la fiesta, había conseguido el salón del hotel indicado, había llamado a su madre y se había tomado los antigripales. La tarde le deparaba menos ajetreo.

Cansada y preguntándose por qué debía ir al trabajo con tacones esperaba pacientemente la llegada del metro. Estaba agotada, la tarde no había sido tan poco ajetreada como había esperado e imaginado. Y aun debía ir a la reunión con sus amigos. Reunión donde intentarían emparejarla nuevamente con alguien a quien no conocía y en quien no tenía el más mínimo interés. Pero primero iría a su casa y se daría un baño reconfortante. Lo necesitaba si quería sobrevivir la noche. Disfrutarla no, para eso necesitaba dormir y descansar. Sueño un poco lejano e inalcanzable por el momento, pensó con amargura.

Cuando el vagón se detuvo frente a ella, subió automáticamente. Debido a la hora estaba repleto de gente que, al igual que ella, salía de su trabajo. Consiguió un lugar al lado de la puerta, junto a los asientos, y se sostuvo de un tubo. Una mano le tocó el brazo para llamar su atención. Cuando giró el rostro se encontró con el joven desconocido de la mañana, que le ofrecía su asiento. Pensó, por un momento, que no era justo que se sentara cuando, de seguro, él también estaba cansado. Pero fue sólo un momento y luego el pensamiento fue desechado cuando sus pies se hicieron sentir.

Nuevamente le sonrió agradecida al joven y tomó asiento. Mientras que él se colocaba en su antiguo lugar. Además de alto y desgarbado, el chico era lindo de una manera singular. Sólo yo podría pensar que alguien es lindo de una manera singular, se rió internamente. Tenía cierto aire encantador, o quizás fuera el hecho de que la había ayudado en la mañana y ahora le cedía su asiento. Sus ojos eran de un marrón claro, su pelo marrón oscuro y ondulado. Elena desvió la vista, pues lo había estado mirando fijamente por un momento.

Su nariz tenía personalidad y su cara imberbe lucía suave. Supuso que debería tener su misma edad y se preguntó por qué no tenía barba. De repente, o quizás no tan de repente, quiso saber su nombre y, aunque no era su costumbre en absoluto, quiso darle su número o pedirle el suyo. Cualquier cosa que los mantuviera en contacto.

En el momento en que iba a decirle “oye, ¿y tú cómo te llamas?” se escuchó el altavoz anunciando la estación anterior a la suya. Giró la cabeza un momento a la pantalla que anunciaba el recorrido y cuando la regresó a donde estaba vio con decepción y sorpresa que el extraño estaba bajando allí. Justo en el peor momento, se dijo. Encima se enfurruñó, porque se suponía que él bajaría junto con ella; en esa misma estación había subido en la mañana. Era de esperar, pero no sucedió.

Se bajó en la siguiente parada y caminó las dos cuadras que la separaban de su apartamento. Llegó, encendió las luces, soltó la cartera y se deshizo de los zapatos. Se desvistió rápidamente y se metió al baño. Luego de veinte minutos salió desnuda y se colocó la ropa interior. Eligió algo cómodo que ponerse y se calzó unas zapatillas extremadamente cómodas y afelpadas por dentro. Se preparó un sándwich, ya que no aguantaría el hambre hasta llegar a casa de Nicole. Tomó las llaves, el celular y algo de dinero y lo repartió en sus bolsillos. Fue comiendo durante el camino al metro.

El viaje en metro fue agradable, ya que consiguió un asiento libre enseguida, y corto, porque sólo era a una estación de distancia. Una esquina después de bajar el metro tocó el timbre en el apartamento de Nicole. Desde donde estaba se escuchaba la música y las risas de sus amigos y eso la animó un poco. Raúl abrió la puerta y la recibió con una sonrisa muy agradable. Le dio un beso en la mejilla, saludó y entró.

–Están todos en la cocina. Excepto tu futuro Romeo –le indicó, caminando hacia la mencionada habitación.
–No seas idiota –respondió Elena, pasando por su lado y dándole un manotazo suave en la cabeza a modo de juego.

No era la primera vez que trataban de organizarle una cita a ciegas, o algo parecido. Ella era la única de su grupo de amigos que seguía soltera. Carla y Raúl estaban juntos desde hacía once meses y Raúl ya había comprado el anillo para pedirle matrimonio a Carla. Nicole estaba con un chico que conoció en un viaje a Santiago y estaban tratando verse lo más posible. Y, finalmente, Víctor estaba enamorado de Claudia. Y luego estaba ella, quien nunca había tenido novio. Y lo que era peor, según sus amigos, por voluntad propia. Hubieron tres potenciales candidatos que llegaron por sus propios pies y unos cuantos más que sus amigos trataron de meterle por los ojos. Pero a todos los rechazó por distintas razones. No ha llegado el adecuado, les decía ella. Cuando viene a ver se perdió, rebatían ellos. Llegará cuando tenga que llegar, los tranquilizaba ella.

–¡Aquí está nuestra amiga jamona! –celebraron su llegada.
–¡Oh, por Dios!
–Ya verás que este sí te va a gustar –le indicó Nicole –. Es muy lindo y me parece que es tu tipo.
–Yo no tengo un tipo –le llevó la contraria.
–Sí lo tienes –aportó sabiamente Víctor y Claudia asintió.
–Te gustan que sean al menos un poco más altos que tú, pelo rizado o por lo menos no lacio, nariz… Bueno, nariz con personalidad, como tú las llamas. No sé cómo interpretar eso –enumeró Carla un poco confusa al final.
–Ok, ya entendí el punto. Y si es así entonces conocí al chico de mis sueños esta mañana en el metro –dijo Elena sin pensar.

Y luego se arrepintió. Hicieron un círculo a su alrededor y la interrogaron con la mirada. No es nada, les aseguró, pero insistieron. Entonces no tuvo otra opción que contarles lo de sus dos sosos encuentros con el extraño del metro. Cuando se vieron complacidos con la narración y descripción del “detallado encuentro con su sexy nuevo amante”, como denominó Claudia, la dejaron en paz.

–Por cierto, tu nuevo Romeo no se llama Romeo. Se llama Julián –declaró Nicole.
–Gracias por aclararlo. Así cuando lo conozca no le diré: Tu eres Romeo y yo seré tu Julieta –dijo con voz dramática y los chicos rieron entusiasmados.

El timbre sonó y Elena imaginó que sería Julián, quien era el único que faltaba. Víctor, que es quien conocía a Julián, fue a abrir. Gritó que ya iba y antes de salir de la cocina dio media vuelta. Se dirigió a Elena y le dijo, “por cierto, linda, Julián es mudo”. Sonrió, una sonrisa de disculpa por no haberle dicho antes, y ella se quedó con los ojos abiertos de la impresión. Vio a los chicos y se dio cuenta que ya lo sabían.

Los chicos salieron de la cocina a recibir a Julián. Víctor volvió a la cocina y la miró apenado. Lo único que se le ocurrió a Elena preguntarle es por qué no le había dicho antes.

Él se disculpó, esta vez en voz alta, y le explicó que no quería que fuera a rechazar a su amigo sin antes conocerlo, sólo por no poder hablar. Que el chico estaba muy entusiasmado por conocerla, que él le había hablado mucho de ella. Que lo sentía mucho, pero que no le echara la culpa a Julián, quien no tenía nada que ver.

De todo lo que había dicho y hecho, lo que más le había molestado a Elena era que asumiera que ella no querría saber nada del chico porque era mudo. Sólo por eso y ya. Así se lo dijo y él se dio cuenta de que ella estaba enojada. Quizás fuera porque estaba hablando en susurros contenidos o por la forma en que lo estaba mirando, el caso es que se dio cuenta de que estaba muy enojada, bastante.

Elena salió hecha una furia de la cocina y dejó a Víctor mirando al piso. Su salida dramática se echó a perder cuando regresó a la cocina, cogió un vaso y se sirvió agua.

–Al fin y al cabo tu amigo no tiene la culpa de que seas un estúpido –dijo mientras tomaba agua y se serenaba.
–Eres la mejor. En verdad lo siento, perdóname. No pensé que fueras a hacer eso. El problema es que ya van varias veces que le pasa lo mismo.

Asintió y salió otra vez. Cuando hizo su salida teatral hace un par de minutos no se percató de que la cocina daba directo a la sala y que en esta estaban todos. Quienes ahora la miraban curiosos, por lo que Elena se sonrojó. Rápidamente paseó la vista por la habitación para encontrar a Julián, quien estaba en un sofá de dos plazas y resultó ser el extraño del metro. Sus ojos se abrieron a más no poder y cuando se vino a dar cuenta tenía las mejillas tan calientes que se puso las manos en los cachetes para enfriarlas.

¡El chico del metro de esta mañana estaba ahí y era su cita a ciegas!

Se acercó a él, le sonrió tímidamente y él le devolvió la sonrisa del mismo modo. Se sentó junto a él, que segundos después se agachó lejos de Elena. Esta lo miró extrañada por su actitud y procedió a olerse debajo de los brazos. En esas estaba cuando él volvió a erguirse. Y allí, con la nariz metida bajo el brazo izquierdo, Elena le sonrió otra vez. El se rió, silenciosamente. Y ella sonrió más abiertamente.

Los chicos volvieron a lo suyo y disimularon que no estaban averiguando. Julián tenía en las manos un bloc de notas amarillo y con rayas y un lapicero azul. Escribió algo y se lo mostró. “Supongo que Víctor recién te dijo que soy mudo”. Le contestó hablando; le dijo que sí y le aclaró que no estaba enojada porque le había traído por cita a un chico mudo sino porque pensó que ella lo rechazaría por eso. Luego, Julián le preguntó por qué se estaba oliendo el sobaco y ella le respondió que pensaba que él se estaba alejando de ella cuando se sentó y quería confirmar que no apestaba. “No, para nada. Al contrario, hueles muy rico”, le contestó él. Se pasaron la noche entera “hablando”. Al final, él la acompañó a su casa, y ella se sorprendió gratamente al saber que él vivía cerca de allí.

“La cita fue un éxito”, dirían días más tardes sus amigos. Ella estaría de acuerdo con ellos. No terminó con un beso en los labios frente a la entrada de su edificio, pero quedaron en que él le daría clases de lenguaje de señas. Y, “por algo se empieza”, dijo para sí en la soledad de su apartamento.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Así es el amor

Nuevamente la observo desde lejos. Una vez más no me atrevo a acercarme. Suena tan fácil. Sólo es cuestión de caminar los pasos que nos separan, llamar su atención y saludarla. Al menos eso. Ella podría invitarme a sentar junto a ella y entablaríamos una conversación.

Podríamos hablar acerca del libro que esté leyendo. Yo los leo también. De lejos logro ver los títulos y luego los consigo. Suelen gustarme. Y si a ella también, tenemos eso en común. Eso ya es algo.

Un día tras otro la veo llegar, sentarse en el mismo lugar, pedir algo distinto del menú. Porque siempre es algo diferente, supongo que le gusta probar cosas nuevas. Luego, se enfrasca en su lectura. Cuando acaba con su almuerzo espera la cuenta y se levanta para irse.

Sé cuándo uno de los libros que lee la tiene fascinada. Si está hundida en la historia, se levanta de la mesa y sigue leyendo mientras sale del local. Otras veces no es así, sino que tranquilamente coloca un marcapáginas, se levanta y se va.

La he observado tanto que he aprendido sobre ella. No le gusta el café y sólo lo bebe cuando sus ojeras están muy marcadas. Pero aun en esos días siempre sonríe. Disfruta la comida. Ella lee mientras come, pero aun así disfruta de ambas cosas. Aunque más pausadamente. Sus ojos se mueven lentamente mientras mastica y rápidamente cuando espera que traigan su pedido o la cuenta.

El día en que al fin he reunido el coraje suficiente y he espantado la timidez que me ha acompañado toda la vida para acercarme a ella, ella no llegó. Tampoco llegó los días sucesivos.

Un día, cuando ya habían pasado dos años desde la última vez que la vi, creí verla. Fue algo rápido y que posiblemente imaginé, o eso pensé durante la siguiente semana.

Tenía el pelo mucho más largo que hace dos años, su rostro había madurado y sus labios seguían formando la sonrisa que yo recordaba. Era ella. Estaba releyendo una gastada copia de Jane Eyre. Tenía la certeza de que la estaba releyendo, no por lo manoseado del ejemplar sino porque recordaba que ya lo habíamos leído. Primero ella y luego yo.

Decidí acercarme. Ya había aprendido mi lección cuando la perdí hacía dos años. Ella se percató de mi presencia cuando mi sombra se balanceó sobre las páginas de aquel libro. Y me sonrió. Me sonrió con la boca, con los ojos, con toda la cara y con el alma.

Hola, fue lo único que pude articular frente a su belleza inmaculada. Tenía un hermoso sonrojo en su cara limpia. Hola, habló ella bajito y bajando la vista. Tenía unos hermosos ojos marrones, el color era encantador y era la primera vez que los veía.

Le pedí sentarme y por más descabellado que parezca ella aceptó. Nos presentamos, charlamos y comimos. Luego cada cual se fue por su lado.

Contrario a lo que parezca yo no la amaba, ni estaba enamorado. Y ella tampoco sentía eso por mí. Yo estaba cautivado con ella, en algún momento quizás un poco obsesionado. Pero sólo un poco. Ella sentía curiosidad por mí.

Sentarnos juntos se convirtió en rutina y llegamos a conocernos. Conocernos en verdad. Descubrí que ella no era perfecta y me sentí inmensamente feliz por ello. Ella satisfizo su curiosidad, pero nunca se cansó.

Mucho tiempo ha pasado desde ese momento y yo sigo descubriendo cosas nuevas sobre ella y ella sigue sin cansarse de mí.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Traición

Sebastián alzó el brazo y lo llevó hacia atrás. Repentinamente lanzó su puño izquierdo hacia delante. Su puño impactó con la mejilla derecha de Adrián. Sebastián lo miró, con una mezcla de desprecio y decepción. Inmediatamente empezó a mover y flexionar los dedos de su mano, deshaciendo el puño con el que había roto la mejilla de su, alguna vez en el pasado, mejor amigo.

Adrián tenía su mano cubriendo la zona lastimada, su boca formaba un extraño rictus que denotaba dolor y sus ojos estaban fuertemente cerrados para evitar que las lágrimas cayeran. No sabía qué le dolía más. Si el golpe que recibió de Sebastián en forma de un puñetazo que dejaría un horrible moretón o el golpe que le propinó a su mejor amigo al dejar embarazada a su hermana y desaparecer tres años atrás. Definitivamente lo segundo dejaba una marca profunda e indeleble.

Sebastián aun sentía ganas de partirle hasta la madre al malnacido que un día osó llamarse a sí mismo su mejor amigo. Peor aun, él lo consideró como a un hermano. Decidió que no valía la pena. Ya no. No ganaba nada con matarlo y que luego lo apresaran. Dirigiéndole una última mirada que supuraba hastío se dirigió hacia la puerta.

Lo último que Adrián escuchó de Sebastián luego de su reencuentro fue un portazo cargado de odio.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Diferencia de edad

Era mayor que ella por 19 años.

Sus padres, amigos y todos quienes la conocían le dijeron que era una locura estar con él. Que la diferencia de edad era muy grande, que ella era joven y él viejo. Muy viejo, según todo el mundo. Al menos para ella.

Nadie la comprendía. Bueno, nadie excepto el receptor de todas aquellas duras críticas. Él fue uno de sus principales, primeros y más fuertes opositores. Fue él el primero que dijo que aquello era una locura.

Pero también fue el primero que se resignó a la idea. Y es que ella era muy cabezota y, según sus propias palabras, sabía lo que le convenía y lo que no. No hubo quien le sacara de la cabeza que aquello, su relación, era correcta, buena y totalmente aceptable.

Tampoco comprendía porqué todos se oponían a tal unión. No era la primera vez que sucedía ni sería la última.

Cada día se daba en el pecho por las veces que miró sin comprender las relaciones entre personas con una gran brecha en la edad. Es cierto que a toda regla hay excepciones.

–Estoy muy nerviosa –confesó.
–Es normal –la tranquilizaron.
–¿Te ha sucedido alguna vez que sientes el estómago vacío pero no tienes hambre, pero a la vez sientes como que vomitarás todo lo que hay ahí a pesar de que lo sientes vacío? Así me siento yo.

Sus interlocutoras tan sólo sonrieron. A su vez ella mostró una tambaleante sonrisa.

Los hijos, su carrera, la vejez. Esos fueron temas que discutieron bastante y de los que hablaron en muchas ocasiones.

Que si tienes que ir al exterior a hacer tu maestría, pero yo tengo que quedarme trabajando. Pongámosle pausa, pues, y lo retomamos cuando yo vuelva. Perfecta solución, pero fueron dos años lejos. Separados.

Que quiero hacer un doctorado, pues yo te apoyo. Es que se aman. Pero, ¿y los demás? ¿Cómo que te vas de nuevo? ¿Es que no piensan casarse? Él se va a cansar. No, él lo entiende y me apoya. Tres años más.

Ya han pasado más de seis años desde que se hicieron novios, antes de que ella se fuera al exterior. ¿Para cuando es la boda? A este paso, no van a tener hijos. Pero si soy joven, dice confusa. Tu sí, le insinúan.

Mucho hijos, sí. Los habrá.

Al fin. ¡Al fin! Después de tantísimo tiempo, llegó el momento. Nuestro momento. Porque es nuestro y porque hemos caminado a nuestro paso. Sin importarnos las habladurías.

–Ayúdame con la cola y el velo. Está torcido ahí abajo.
–Es que arrastra mucho.
–No arrastra mucho, arrastra lo suficiente.
–Es que yo todavía no sé porqué no quisiste ponerte tacones –bufa.
–Porque así estoy más cómoda.
–Claro, lo sé. Y seguramente que tu futuro esposo no tenga seis pies de altura influyó en que sean tan cómodos.

Tan sólo le guiña un ojo antes de que tenga que salir. Y va detrás de ella, al fin.

Se supone que debería verse serena. Pero le duelen los cachetes a medio camino del altar. Hay una enorme sonrisa en su cara. Y él se ríe disimuladamente.

Veo mi sonrisa reflejada en su rostro. En todo su rostro. Sonríe con la boca, los dientes, los ojos, hasta con la nariz diría yo. Me está sonriendo con el alma, piensa.

Ella también le corresponde y le sonríe con el alma.

Ya tienen todo preparado. La luna de miel, el apartamento donde vivirán cuando vuelvan de la luna de miel. Están pensando en comprar una casa, pero aun están viendo y barajando opciones. Quieren prepararse para cuando la familia crezca. Ella está ansiosa por ello. Y él se encuentra muy emocionado por la idea.

–Acepto –y siente la cara caliente.
–Acepto –escucha su voz y lo ve a los ojos.
–Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Ya era hora. Se besan.

Escrito por: Gisselle Beras
Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Juan Castillo

Era un día soleado, pero el calor del sol no llegaba. El sol se encontraba alto en el cielo, el cual estaba despejado de nubes. Por el momento. Hacía una brisa fresca y habían varias personas caminando con suéteres y abrigos ligeros por la calle. Una de ellas era Juan Castillo.

Juan Castillo siempre había sido un niño amigable y tímido. Hoy en día era un joven de veinte y tantos años, menos amistoso y más tímido. ¿La razón? Juan Castillo había sido golpeado con violencia desde corta edad. La madre, el padre, los hermanos mayores, los compañeros de la escuela, algunos profesores y demás se habían encargado de que Juan Castillo se encerrara en sí mismo. De que Juan Castillo fuera menos hablador, menos amistoso, menos participativo. Y mucho, mucho más tímido e introvertido.

Desde hacía 8 años, cuando cumplió los dieciocho, Juan Castillo dejó de ser maltratado. Se independizó y se alejó de su familia. O más bien, de quienes lo habían criado. O también, de con quienes se había criado. Pero las heridas dejan marcas. Las huellas siguen ahí. Juan Castillo quedó marcado.

Juan Castillo nunca sería el mismo otra vez. Sus experiencias lo marcaron, lo transformaron.

Pero Juan Castillo no se dejó moldear por los hechos que le acontecieron. Juan Castillo, al contrario, se formó en base a esos hechos, pero no dejó que estos lo llevaran a quién sabe dónde como si fueran una fuerte corriente de agua.

Juan Castillo era un buen muchacho. Trabajador y callado, inteligente y traumado. Y estaba caminando con un abrigo ligero por la calle. Verde, el abrigo. Caminaba a su trabajo, porque Juan Castillo no se había dejado vencer por su vida, por su pasado, por su historia. Juan Castillo se levantaba cada vez que se le caía todo encima y se sacudía.

Hoy Juan Castillo es feliz, aunque no lo fue de niño. Hoy Juan Castillo tiene esposa e hijos, una familia, aunque no la tuvo de niño. Y hoy Juan Castillo es amoroso con su familia, porque sabe lo necesario que es el amor en la vida de un niño.

Escrito por: Gisselle Beras
Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Mentiras, engaños, desconfianza

Mentiras, engaños, desconfianza. ¿A dónde iremos a parar? Pero, más acuciante aun, ¿dónde estamos?, ¿qué nos pasó?, ¿cómo llegamos hasta aquí?

Son preguntas que rondan mi mente. Y no encuentro respuestas. La duda me corroe y tú no haces nada para ayudarme, para salvarme. Para salvarnos.

Ya no te importo, parece. Si te importo, lo escondes muy bien. Aparentas que sí, pero no. Yo lo veo, cuando estamos solos. En la intimidad, en la oscuridad, en la soledad.

La cama está fría. Estás ahí, pero no te siento. Tu calor ya no llega hasta mí. Te tengo en frente, físicamente. Tu mente, tu corazón, ¡hasta tu alma! están lejos. Ya no me perteneces. ¿Desde cuándo es así?

Los niños juegan y tú te alejas, pero tu cuerpo sigue con nosotros. Van a la escuela y te desentiendes de todos. Ya son grandes y se están volviendo independientes, tú también. Empiezan a irse de casa y tú tardas en el trabajo. Ya sólo nos queda uno y tú miras el reloj, queriendo que el tiempo avance.

El nido está vacío y remontas el vuelo. Ellos vivieron una infancia feliz, me digo y eso me consuela. Di lo mejor de mí y creo que tú lo intentaste al menos. Pero no lo entienden. Cómo, después de tanto tiempo, sus padres se separan.

Ellos no, pero yo sí. Y ya no me duele tanto como hace diez años me dolía. Como me dolía hace veinte años. Aguantamos. Yo aguanté y tú me aguantaste.

Ya somos todos adultos. Podemos, sino entender, aceptar la situación. Quizás ahora estemos mejor.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Ansiedad

Ese momento, puede ser una hora, un día, un mes o una vida, en el que te sientes ansioso. No encuentras qué hacer, o mejor dicho lo que tienes que hacer no es lo que quieres hacer. No te concentras, divagas y pierdes el tiempo. Al final de la hora, el día o la vida no has hecho nada. Ni lo que tenías que hacer ni lo que querías hacer.

No quieres eso, así que te presionas para hacer lo que tienes que hacer. Ya luego harás lo que quieras. Pero barajas tus opciones una y otra y otra vez y cuando te das cuenta no has terminado de hacer lo que tenías que hacer, pero tampoco has hecho lo que quieres del todo. Te interrumpes a ti mismo y eres tú tu mayor obstáculo.

Ahí es cuando más difícil se vuelve. Luchar contra quienes se te oponen es fácil, hasta lógico. Luchar con quienes piensan igual que tu es más difícil, pero a veces lo hacemos. Pero lo que en verdad cuesta, y muchos no quedan bien parados, es luchar contra uno mismo.

La ansiedad, los instintos, la carne, todo. Cada cosa que no nos gusta, que tratamos de evitar, pero volvemos a hacer, cosas de las que huimos. Nos persiguen, o tal vez no corremos tan rápido para que nos atrapen. No corremos lo suficiente y decimos luego que lo intentamos. La pereza, la lujuria, la envidia.

No vale la pena intentarlo si no se intenta de verdad. Intentar algo de verdad es ponerle ganas, fuerza de voluntad y pararse luego de caer. No dejarse agarrar.

Nosotros somos nuestros peores enemigos. Conocemos nuestros puntos fuertes, pero también los débiles. Eso hace nuestra lucha más difícil. El espíritu es fuerte, pero la carne es débil. Pero a veces la carne predomina, porque no alimentamos nuestro espíritu. Y engordamos a la carne.

Cuando nos dejamos vencer por nuestra carne nos sentimos débiles, sucios, indignos. Nos prometemos a nosotros mismos que no volverá a pasar y luego dejamos que pase. Lo peor, creo, es que cuando hacemos la promesa sabemos que no la cumpliremos porque no haremos nada para evitar que pase de nuevo.

Tantas veces he planificado mentalmente cómo haré las cosas y tantas veces no lo he hecho que me avergüenzo de mí misma. Me avergüenzo.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Amigos

En estos días, la gente llama “amigo” a todo el mundo. A gente que realmente no lo es.

Tus compañeros de clase pueden ser tus amigos, pero no instantáneamente. ‘¡Hey! Me llamo Gisselle, estamos juntos en una clase y en algunos días te estaré llamando amigo’. Eso no está bien.

Un amigo es alguien que te conoce. Me refiero a que dos personas que se acaban de conocer no pueden ser amigos. Pero podrían con el paso del tiempo.

Actualmente la gente llama “amigos” a todos sus conocidos y “mejores amigos” a sus verdaderos amigos. Yo no soy así.

Llamo compañeros de clase a mis compañeros de clase. Conocidos a mis conocidos. Primos a mis primos. Y así sucesivamente.

Tengo un montón de conocidos, muchos compañeros de clase. Algunos de estos compañeros de clase fueron mis amigos y otros no, algunos se están convirtiendo en mis amigos con el transcurrir del tiempo.

Ahora que lo pienso todos mis amigos fueron mis compañeros de clase primero. Tengo dos amigos, realmente cercanos, o así me parece.

Puede sonar triste, pero es real. La mayoría de las personas sólo tiene unos pocos amigos y un montón de personas que sólo son conocidos. Solamente tenemos que aceptarlo.

Hoy tengo dos amigos, muchos compañeros de clase y una gran cantidad de conocidos.

Esto sin contar a mi querida hermana, porque más que mi amiga ella es mi hermana y creo que eso es más que ser una amiga. Amo a mi hermana y también la considero como una amiga, pero una hermana debe serlo. Lo mismo aplica para mis padres y mi hermano y el resto de mi familia.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Actualización:

Este texto lo escribí hace bastante tiempo. Recién empezaba la universidad y me encontraba en un lugar donde todos se llamaban los unos a los otros "amigos" cuando no hacía ni tres semanas que se habían conocido. Era y sigue siendo algo con lo que no estoy de acuerdo.

Incluso, uno de mis compañeros se molestó un poco conmigo porque me había referido a él como un compañero de clases en lugar de como un amigo. En ese momento hacía un año o más que nos conocíamos.

Sobre esto, no sólo pasar tiempo con alguien es lo que hará que se conviertan en amigos. La amistad no es una fórmula instantánea ni una masa que deba dejarse reposar antes de hacer pan.

Sólo amigos

–Me gusta tu compañía. Es que contigo puedo hablar de cualquier cosa. Y no me siento incómodo. No es como con Alejandra, que sólo hablo de estas cosas con ella para incomodarla. Y sólo cuando estamos con Tomás. Con Tomás sí puedo hablar, pero él es un chico. En cambio contigo me siento de lo más cómodo hablando de lo que sea. Videojuegos, chicas, caricaturas. ¡Lo que sea!

Sólo asentía y reía pensando que era una gran manera de dejar traslucir que no me veía más que como a una amiga. Gracias a Dios él a mí no me gustaba más que como un amigo. De lo contrario ahora me sentiría sumamente herida.

Dicen que las chicas somos complicadas, pero los chicos también. Que me caigas bien, no significa que me gustes. Y que me ría contigo no quiere decir que quiero ser más que tu amiga. Es simple. Y es algo que los hombres deberían aprender.

Así como se defienden que no todos ellos son iguales, no todas las mujeres son iguales tampoco. Que haya quienes coqueteen riéndose contigo no significa que quien se ría contigo deseé coquetear o algo más que una amistad.

Sacudí mi cabeza aun con una sonrisa en los labios y miré a Héctor.

–Eres un tonto. –No hacía mucho tiempo que conocía a Héctor, pero desde el primer momento me cayó bien. Con el paso de los meses nos hicimos amigos y henos aquí.

–¡Por Dios, es tarde! –gritó al mirar la hora en su celular–. Llegaremos tarde. Vámonos.

Y sin mayor ceremonia nos dirigimos desde la pequeña cafetería en que nos encontrábamos al edificio del frente, donde teníamos clase dentro de tres minutos, bajo un pequeño paraguas que no nos protegía completamente de la lluvia.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Conocidos

Conocí a Abel en mi primer cuatrimestre de la universidad. Tomamos juntos la clase de Lengua Española. Él en verdad era un gran escritor. Siempre leía sus borradores en clase y a mí me parecía sumamente interesante. Él y los borradores. Sin embargo nunca le hablé.

No porque ganas me faltaran, sino porque no era esa clase de persona. Ese tipo de persona que se acerca a algún chico nuevo en el colegio sólo para saludarle y que se hacen amigos inmediatamente.

Cuando les decía a mis amigos y familiares que yo en verdad era tímida siempre se burlaban de mí. Pero para hacer nuevos amigos en verdad lo soy. No soy buena cuando se trata de eso, no me adapto a ese tipo de circunstancias.

Soy la clase de persona que se adapta fácilmente a una nueva situación, como dejar a mi familia e irme a vivir sola, a una nueva ciudad, para poder estudiar. Sin embargo, pasaron meses antes de que pudiera empezar a hacer amigos, a tener conversaciones, a salir del ostracismo en el que me encontraba encerrada. No soy una persona antisocial; al contrario, necesito estar rodeada de personas la mayor parte del tiempo. Ser social es algo necesario para mí, compartir con las demás personas, reír, hablar.

Pero hay un pequeño gran problema, sólo soy social con las personas que ya conozco.

Hasta que no entro en confianza no puedo soltarme, desinhibirme. Pasaron dos cuatrimestres, ocho meses completos, antes de que sucediera eso. Antes de que saliera del caparazón en el que vivía. Sí me había relacionado con otras personas, tampoco era una ermitaña, pero no había entablado amistad con nadie hasta entonces.

Algunas veces vi a Abel por los pasillos de la universidad, subiendo o bajando las escaleras, pero no tuvimos otra clase juntos hasta mi noveno cuatrimestre, es decir dos años y medio después de haberlo conocido.

No creía que él me recordaría. Es más, no creo que supiera que habíamos tenido una clase juntos cuando apenas iniciábamos nuestras vidas universitarias, pero extrañamente sí lo recordaba. Recordaba mi nombre y me recordaba a mí.

Él sabía quién era yo y eso me desconcertó.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.