A Sarah,
Porque ella me habló sobre
“El Club Secreto de la Ventana del Baño”.
Nombre de la institución: Club Secreto de la Ventana del Baño
Miembros: 1
Presidenta: Lucía Méndez
Secretaria: Lucía Méndez
Cualquier otro puesto que aparezca: Lucía Méndez
Misión: Brechar al vecino del patio de atrás
Visión: Lograr hablar con el vecino del patio de atrás
Valores: Todos los que
Tenía 15 años ese día en específico cuando fui al baño de invitados que estaba bajo la escalera de mi casa. Era por la tarde y hacía calor. Estando sentada en el inodoro, escuché cuando alguien dijo “¡Fo! ¡Te tiraste un peo!”. Pero no era verdad. Yo sólo estaba haciendo pipí. En lo que me lavaba las manos comprendí dos cosas.
La primera, la voz venía de mi ventana. La segunda, que no fue a mí a quien acusó. Una segunda voz le contestó, diciendo “Mira, asqueroso, fuiste tú y ahora me quieres echar la culpa a mí”. Luego, la primera voz se rió.
Me quedé un rato más, pero no volvieron a hablar.
Regresé al día siguiente y el día siguiente a ese y el resto de la semana. Todos los días en la tarde Voz, así lo bauticé, estaba ahí. A veces solo, a veces acompañado. Me daba cuenta cuando estaba solo porque le gustaba leer en voz alta. Tiempo después empezó a estudiar inglés y yo casi me moría intentando aguantar la risa cuando decía trabalenguas y terminaba mordiéndosela.
Lo hice una rutina. Iba todos los días a la misma hora al baño. Si Abuela me hubiera visto, habría dicho que tenía un reloj en el culo. Pero yo usaba el baño con otros propósitos. Además, nadie me cuestionaba. Esteban estaba en la universidad, Karen escuchando música o donde sus amigas, y Mamá y Papá en el trabajo.
A Voz le gustaba mucho leer. Empecé a buscar los libros que él leía para leerlos yo también y no perderme. Jugaba mucho con su hermanita pequeña. Supe que estaba terminando el colegio, así que supuse que tendría más o menos 18 años.
Pasé tanto tiempo ahí que bauticé ese baño como la sede del Club Secreto de la Ventana del Baño. No podía verlo porque la ventana era muy alta y estaba cubierta por un pedazo de mata. Pero lo oía. Él reía mucho. A veces tenía la impresión de que sabía que yo estaba ahí escuchándolo porque solía pensar mucho en voz alta, como si quisiera que yo lo escuchara.
Yo nunca hablaba. Pasara lo que pasara, esa media hora que permanecía allí, yo nunca hacía ruido. Ni hablar, ni reír, ni toser. Nada.
Hasta el día en el que supe su nombre.
Ya habían pasado, exactamente, un año, siete meses y 23 días desde que empecé a escuchar. Tampoco soy tan loca para llevar la cuenta día por día. Pero las cosas importantes se escriben. Obviamente, había escrito sobre el día en que lo escuché por primera vez. Así que saber cuánto tiempo había pasado desde ese momento hasta que supe su nombre sólo era cuestión de restar y sumar.
Su nombre era Raúl.
No supe el apellido. Eso ya era demasiado pedir.
Sucede que yo estaba esperando a, en ese momento, Voz. Se había retrasado unos minutos, lo cual me encontré muy extraño.
Cuando al fin empecé a escuchar movimiento del otro lado, escuché varias voces. Eran Voz y alguien más. Una voz desconocida. Ni su hermana, ni su mamá, ni nadie que hubiera escuchado antes.
–Vamos, pana –dijo la voz desconocida–. Dale una proba’íta y tú vas a ver que te gusta.
Voz 2 empezó hablando muy alto. Pero a medida que se fue acercando a la ventana del baño, o más bien, alejándose de la casa, fue bajando la voz. Aun así, los podía escuchar cuchicheando. Me los imaginé pegados a la pared del patio. Sus voces se escuchaban justo debajo de la ventana. Supuse que si la pared no estuviera de por medio, estaríamos frente a frente.
–Te dije que no. No voy a probar ni un chin ni na’ de esa vaina –dijo Voz.
Parecía que le había insistido mucho ya, porque sonaba como si le hubieran repetido lo mismo una y otra vez.
–Pero que te digo que eso te va a ayudar –siguió insistiendo voz 2.
Ya me estaba haciendo una idea de qué era lo que le estaban ofreciendo a Voz y sólo rogaba porque no lo aceptara. Voz 2 continuó.
–Con todo el estrés que tú tienes encima con to’ esa vaina de que tu papá le pegó los cuernos a tu mamá y que…
Voz 2 no pudo terminar porque Voz estalló.
–¡Carajo! Deja de joder la paciencia, hijo de tu ma’i. Ya te dije que yo no quiero tu maldita vaina. Lárgate de aquí. ¡Juye! Que e’ pa’ hoy que te quiero fuera de mi casa.
Nunca había escuchado a Voz tan molesto, y nunca antes lo había escuchado diciendo una mala palabra.
–¿Qué e’ lo que tú dice’? A mí no me hable’ así, ¡coño! Tú sabe’ muy bien que lo que yo te dije e’ verdá’. To’ el mundazo en el barrio lo sabe.
No sé por qué me imaginé al tipo ese sonriendo.
–Ya déjalo, Eric –dijo una voz que no había hablado hasta el momento.
–Sí, no vale la pena –continuó voz 2–. Seguramente esta no es la primera vez que pasa algo así, y él mismo es un cuerno que le pegó su ma’i al que es di’que su pa’i.
Empezó a reír y el otro desconocido lo siguió, pero eso no duró ni 20 segundos.
Yo sólo oí el pum.
Supongo que fue el puño de Voz, pero no puedo asegurarlo. No sé dónde le pegó al tipo aquel, pero cuando este y el otro reaccionaron y empezaron a vociferar, ya Voz había hecho contacto con alguna parte de su cuerpo cuatro veces. Y sonaba como que daba duro.
–¡Raúl, suéltalo que lo va’ a matar! –dijo voz 3.
–Déjalo al pendejo e’te, que me mate. A ve’ si lo meten preso.
–¡No!
Me tapé la boca antes de darme cuenta de que quien había chillado “¡No!” había sido yo.
Por alguna razón cerré los ojos y esperé. Afuera no se oía nada. Supongo que no habrían sospechado de mí porque la mata tapaba la ventana, pero aun así yo estaba muy nerviosa.
–Mierda, ¿qué fue eso? –preguntó voz 2. Deduje que Raúl lo había soltado porque se escuchaba más alto.
–Quizás fue su conciencia que le dijo que no te matara, Eric –aportó voz 3.
–¡No seas pendejo, Wilmer! ¡Si fuera su conciencia no podríamos escucharla!
Menos mal que ya estaba en el baño, por si se me salían los pipís, pensé. Mi mente racional no estaba funcionando muy bien en ese momento.
–Lárguense –dijo Voz.
Después de eso, escuché cómo salían todos del patio. Duré casi quince días sin volver al baño para nada. Incluso cuando estaba viendo televisión en la sala y sentía ganas de ir al baño, prefería subir al del segundo piso.
Esa noche, después de que cené y se me pasó el susto, estaba viendo televisión en el cuarto de Mamá y Papá. Tuve una epifanía. Aunque, siendo sincera, epifanía no es el término adecuado, pero suena más chulo que “caí en cuenta”. El caso es que “caí en cuenta” de que Voz ya no era más Voz. Voz era Raúl. Ya podía darle un nombre de verdad a la voz. La emoción del momento hace que casi pegue un grito.
Pero luego recordé que hacía unas horas por poco me atrapaban y se me bajó la emoción.
Casi decidí no volver nunca más, pero un día que iba saliendo de la cocina, al pasar por el baño que estaba con la puerta abierta, escuché a Raúl jugando y riendo con su hermana.
El Club Secreto de la Ventana del Baño retomó sus operaciones cotidianas.
Tenía ya 17 años cuando vi a Raúl por primera vez.
Cuando Esteban se mudó solo, luego de terminar la universidad y conseguir empleo en otra ciudad, me dieron su habitación y Karen se quedó con la que había sido nuestra habitación desde siempre. La habitación de Esteban era más pequeña que la de Karen y mía. Mamá y Papá pensaron que al final preferiríamos quedarnos juntas o tendrían que rifar la nueva habitación porque ninguna querría renunciar a la más grande.
Por lo tanto, se sorprendieron cuando, muy entusiastamente, me ofrecí a tomar la habitación nueva. A Karen no le importaron mis motivos; mientras la más espaciosa fuera suya, ella no tenía inconveniente en que yo me mudara a uno de los armarios. Mamá y Papá no me cuestionaron más allá de preguntarme con cara de incredulidad si estaba segura. Cuando contesté que sí, Papá declaró el asunto resuelto.
Eso fue durante la cena. Al día siguiente era sábado. Papá me ayudó a mudarme. Tuvimos que pasar todas mis cosas, incluyendo la cama, porque Mamá y Papá le dieron todas sus pertenencias a Esteban, incluyendo la cama, el gavetero y todos los muebles de su habitación, para que se ayudara, según ellos. Al final del día mi habitación era un desastre todavía, pero habría tiempo para organizar después.
Mi prioridad en ese momento era arrimar una silla a la ventana para esperar que Raúl llegara a su patio. Estaba muy emocionada porque luego de tanto tiempo lo vería por fin.
Supongo que parecerá estúpido de mi parte haber esperado tanto tiempo para intentar ver a Raúl. El caso es que ya lo había intentado antes y fallé.
Cuando recién había empezado a escuchar por la ventana del baño intenté verlo por la ventana de la habitación de Esteban. Fui dos días, pero Esteban me atrapó. El primer día entró al cuarto cuando yo estaba buscando una silla y pensó que estaba hurgando entre sus cosas. La segunda vez, Esteban no estaba en casa. Estaba a punto de llegar a la ventana cuando él entró a buscar algo que se le había quedado.
Dado que no tenía una excusa creíble y no podía decirle la verdadera razón por la que estaba allí, me vetó de su habitación. Para asegurarse que no entraba se encargaba de cerrar su puerta con llave. Así, pues, perdí mi oportunidad. Hasta que él se fue de la casa, claro.
Raúl no me decepcionó. Llegó puntual, a la misma hora de todas las tardes. Llevaba una mochila en la espalda, era más alto que yo, pero eso no era mucho decir dada mi estatura. En valor absoluto no se podía considerar alto, sino de estatura media. Iba despeinado. Su pelo era castaño y estaba más largo de lo que había imaginado que estaría. Llevaba un poloshirt holgado y jeans azules. Iba en calipsos. Parecía que acababa de llegar de la universidad.
Se sentó en el único banco del patio. Ese que estaba debajo de una hermosa mata de mango, que vi completa en ese momento por primera vez y no sólo sus hojas. Más importante aún, el banco quedaba justo debajo de la ventana del baño.
Lamentablemente para mi situación, el banco también quedaba debajo de la ventana de mi nueva habitación y lo perdí de vista en cuanto se sentó.
Su mamá lo llamó y él entró en la casa de nuevo. Cuando volvió a salir, llevaba un sándwich en una mano y un vaso de jugo. También deduje que no era muy asiduo al gimnasio. Pero, aun así, se veía apapuchable.
Cuando regresó al banco y lo perdí de vista otra vez, me tiré en la cama.
Había pensado que el Club Secreto de la Ventana del Baño se convertiría en el Club Secreto de la Ventana del Cuarto, pero aquí ni lo veía ni lo oía. Siendo así no funcionaría.
A pesar de lo mucho que me gusta el mango, me decepcionó que esa mata estuviera justo ahí. “Ni modo”, pensé. “Me tocará volver al baño”.
Me fui con ese pensamiento a la cama.
Estaba durmiendo y estaba soñando. Ese momento que sabes que estás soñando y no quieres despertar porque el sueño está bueno y sabes que si abres los ojos no podrás volver al sueño y continuar y, peor todavía, lo olvidarás. Así estaba yo unos segundos antes de despertar al día siguiente. Cuando desperté olvidé el sueño.
Yo estaba sentada en el banco. La mata encima de mí. Giré la cabeza y vi la ventana del baño. Quizás lo más raro del sueño hubiera sido conocer esa perspectiva sin haber estado en esa posición antes sino me hubieran caído los mangos encima. El banco se llenó de mangos, cayeron de él, pero ninguno me golpeó la cabeza. Y seguían cayendo.
Miré hacia arriba y vi la cara de Raúl. Sus cachetes estaban colorados. “Por más que te gusten no te puedes comer todos estos”, me dijo y sonrió.
Mamá me llamó y desperté.
No recordé el sueño hasta que vi a Raúl en la iglesia esa mañana. Nosotros íbamos todos los domingos y nunca lo había visto. Según supe después, lo invitaron ese día. Cuando todo el mundo se estaba despidiendo, me envalentoné, me acerqué y lo saludé.
Ya era hora de que el Club Secreto de la Ventana del Baño dejara de ser tan secreto y admitiera otro miembro.
Escrito por: Gisselle Beras
Creado el 23 de febrero de 2016, según muestran los registros, y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.
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