Juan Castillo siempre había sido un niño amigable y tímido. Hoy en día era un joven de veinte y tantos años, menos amistoso y más tímido. ¿La razón? Juan Castillo había sido golpeado con violencia desde corta edad. La madre, el padre, los hermanos mayores, los compañeros de la escuela, algunos profesores y demás se habían encargado de que Juan Castillo se encerrara en sí mismo. De que Juan Castillo fuera menos hablador, menos amistoso, menos participativo. Y mucho, mucho más tímido e introvertido.
Desde hacía 8 años, cuando cumplió los dieciocho, Juan Castillo dejó de ser maltratado. Se independizó y se alejó de su familia. O más bien, de quienes lo habían criado. O también, de con quienes se había criado. Pero las heridas dejan marcas. Las huellas siguen ahí. Juan Castillo quedó marcado.
Juan Castillo nunca sería el mismo otra vez. Sus experiencias lo marcaron, lo transformaron.
Pero Juan Castillo no se dejó moldear por los hechos que le acontecieron. Juan Castillo, al contrario, se formó en base a esos hechos, pero no dejó que estos lo llevaran a quién sabe dónde como si fueran una fuerte corriente de agua.
Juan Castillo era un buen muchacho. Trabajador y callado, inteligente y traumado. Y estaba caminando con un abrigo ligero por la calle. Verde, el abrigo. Caminaba a su trabajo, porque Juan Castillo no se había dejado vencer por su vida, por su pasado, por su historia. Juan Castillo se levantaba cada vez que se le caía todo encima y se sacudía.
Hoy Juan Castillo es feliz, aunque no lo fue de niño. Hoy Juan Castillo tiene esposa e hijos, una familia, aunque no la tuvo de niño. Y hoy Juan Castillo es amoroso con su familia, porque sabe lo necesario que es el amor en la vida de un niño.
Escrito por: Gisselle Beras
Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.
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