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jueves, 21 de septiembre de 2017

Tardanza

Elena caminaba rápidamente por la calle atestada de gente. Llegaba tarde y no era la primera vez en la semana; mucho menos en el mes. Bajó a la estación y cuando intentó cruzar la barra de metal, para llegar a la plataforma, por poco cae al suelo. Bufando molesta se dirigió a la taquilla a recargar su tarjeta. Tardó cinco minutos, rezando para no perder el metro, y cuando al fin logró pasar la barra de metal bajó corriendo por las escaleras. En el mismo instante en que llegó el vagón se le resbaló la cartera del hombro y dejó salir algo de su contenido. Maldijo entre dientes y recogió sus pertenencias rápidamente. Ya sea por torpeza o mala suerte se le cayó el abrigo en cuanto se enderezó. Justo cuando iba a agacharse para recogerlo, una mano se lo tendió y otra la empujó hacia el vagón.

Cuando por fin estuvo dentro del vagón, segundos antes de que cerraran las puertas, se dirigió al buen samaritano que la ayudó hacía un momento. Este era un chico más alto que ella y desgarbado. Le sonrió y le agradeció. Él le devolvió la sonrisa y se ignoraron cordialmente durante el resto del viaje. Elena bajó tres estaciones después y dejó al desconocido continuar su viaje.

Llegó a la oficina quince minutos tarde, saludando y tratando de pasar inadvertida para América, su compañera que siempre le recordaba la hora correcta de llegada. Estuvo todo el día yendo y viniendo por el edificio, llevando papeles que debían ser firmados, proyectos que debían ser aprobados y organizando la fiesta de aniversario de la empresa. Para la hora de la comida su jefe había aprobado el presupuesto para la fiesta, había conseguido el salón del hotel indicado, había llamado a su madre y se había tomado los antigripales. La tarde le deparaba menos ajetreo.

Cansada y preguntándose por qué debía ir al trabajo con tacones esperaba pacientemente la llegada del metro. Estaba agotada, la tarde no había sido tan poco ajetreada como había esperado e imaginado. Y aun debía ir a la reunión con sus amigos. Reunión donde intentarían emparejarla nuevamente con alguien a quien no conocía y en quien no tenía el más mínimo interés. Pero primero iría a su casa y se daría un baño reconfortante. Lo necesitaba si quería sobrevivir la noche. Disfrutarla no, para eso necesitaba dormir y descansar. Sueño un poco lejano e inalcanzable por el momento, pensó con amargura.

Cuando el vagón se detuvo frente a ella, subió automáticamente. Debido a la hora estaba repleto de gente que, al igual que ella, salía de su trabajo. Consiguió un lugar al lado de la puerta, junto a los asientos, y se sostuvo de un tubo. Una mano le tocó el brazo para llamar su atención. Cuando giró el rostro se encontró con el joven desconocido de la mañana, que le ofrecía su asiento. Pensó, por un momento, que no era justo que se sentara cuando, de seguro, él también estaba cansado. Pero fue sólo un momento y luego el pensamiento fue desechado cuando sus pies se hicieron sentir.

Nuevamente le sonrió agradecida al joven y tomó asiento. Mientras que él se colocaba en su antiguo lugar. Además de alto y desgarbado, el chico era lindo de una manera singular. Sólo yo podría pensar que alguien es lindo de una manera singular, se rió internamente. Tenía cierto aire encantador, o quizás fuera el hecho de que la había ayudado en la mañana y ahora le cedía su asiento. Sus ojos eran de un marrón claro, su pelo marrón oscuro y ondulado. Elena desvió la vista, pues lo había estado mirando fijamente por un momento.

Su nariz tenía personalidad y su cara imberbe lucía suave. Supuso que debería tener su misma edad y se preguntó por qué no tenía barba. De repente, o quizás no tan de repente, quiso saber su nombre y, aunque no era su costumbre en absoluto, quiso darle su número o pedirle el suyo. Cualquier cosa que los mantuviera en contacto.

En el momento en que iba a decirle “oye, ¿y tú cómo te llamas?” se escuchó el altavoz anunciando la estación anterior a la suya. Giró la cabeza un momento a la pantalla que anunciaba el recorrido y cuando la regresó a donde estaba vio con decepción y sorpresa que el extraño estaba bajando allí. Justo en el peor momento, se dijo. Encima se enfurruñó, porque se suponía que él bajaría junto con ella; en esa misma estación había subido en la mañana. Era de esperar, pero no sucedió.

Se bajó en la siguiente parada y caminó las dos cuadras que la separaban de su apartamento. Llegó, encendió las luces, soltó la cartera y se deshizo de los zapatos. Se desvistió rápidamente y se metió al baño. Luego de veinte minutos salió desnuda y se colocó la ropa interior. Eligió algo cómodo que ponerse y se calzó unas zapatillas extremadamente cómodas y afelpadas por dentro. Se preparó un sándwich, ya que no aguantaría el hambre hasta llegar a casa de Nicole. Tomó las llaves, el celular y algo de dinero y lo repartió en sus bolsillos. Fue comiendo durante el camino al metro.

El viaje en metro fue agradable, ya que consiguió un asiento libre enseguida, y corto, porque sólo era a una estación de distancia. Una esquina después de bajar el metro tocó el timbre en el apartamento de Nicole. Desde donde estaba se escuchaba la música y las risas de sus amigos y eso la animó un poco. Raúl abrió la puerta y la recibió con una sonrisa muy agradable. Le dio un beso en la mejilla, saludó y entró.

–Están todos en la cocina. Excepto tu futuro Romeo –le indicó, caminando hacia la mencionada habitación.
–No seas idiota –respondió Elena, pasando por su lado y dándole un manotazo suave en la cabeza a modo de juego.

No era la primera vez que trataban de organizarle una cita a ciegas, o algo parecido. Ella era la única de su grupo de amigos que seguía soltera. Carla y Raúl estaban juntos desde hacía once meses y Raúl ya había comprado el anillo para pedirle matrimonio a Carla. Nicole estaba con un chico que conoció en un viaje a Santiago y estaban tratando verse lo más posible. Y, finalmente, Víctor estaba enamorado de Claudia. Y luego estaba ella, quien nunca había tenido novio. Y lo que era peor, según sus amigos, por voluntad propia. Hubieron tres potenciales candidatos que llegaron por sus propios pies y unos cuantos más que sus amigos trataron de meterle por los ojos. Pero a todos los rechazó por distintas razones. No ha llegado el adecuado, les decía ella. Cuando viene a ver se perdió, rebatían ellos. Llegará cuando tenga que llegar, los tranquilizaba ella.

–¡Aquí está nuestra amiga jamona! –celebraron su llegada.
–¡Oh, por Dios!
–Ya verás que este sí te va a gustar –le indicó Nicole –. Es muy lindo y me parece que es tu tipo.
–Yo no tengo un tipo –le llevó la contraria.
–Sí lo tienes –aportó sabiamente Víctor y Claudia asintió.
–Te gustan que sean al menos un poco más altos que tú, pelo rizado o por lo menos no lacio, nariz… Bueno, nariz con personalidad, como tú las llamas. No sé cómo interpretar eso –enumeró Carla un poco confusa al final.
–Ok, ya entendí el punto. Y si es así entonces conocí al chico de mis sueños esta mañana en el metro –dijo Elena sin pensar.

Y luego se arrepintió. Hicieron un círculo a su alrededor y la interrogaron con la mirada. No es nada, les aseguró, pero insistieron. Entonces no tuvo otra opción que contarles lo de sus dos sosos encuentros con el extraño del metro. Cuando se vieron complacidos con la narración y descripción del “detallado encuentro con su sexy nuevo amante”, como denominó Claudia, la dejaron en paz.

–Por cierto, tu nuevo Romeo no se llama Romeo. Se llama Julián –declaró Nicole.
–Gracias por aclararlo. Así cuando lo conozca no le diré: Tu eres Romeo y yo seré tu Julieta –dijo con voz dramática y los chicos rieron entusiasmados.

El timbre sonó y Elena imaginó que sería Julián, quien era el único que faltaba. Víctor, que es quien conocía a Julián, fue a abrir. Gritó que ya iba y antes de salir de la cocina dio media vuelta. Se dirigió a Elena y le dijo, “por cierto, linda, Julián es mudo”. Sonrió, una sonrisa de disculpa por no haberle dicho antes, y ella se quedó con los ojos abiertos de la impresión. Vio a los chicos y se dio cuenta que ya lo sabían.

Los chicos salieron de la cocina a recibir a Julián. Víctor volvió a la cocina y la miró apenado. Lo único que se le ocurrió a Elena preguntarle es por qué no le había dicho antes.

Él se disculpó, esta vez en voz alta, y le explicó que no quería que fuera a rechazar a su amigo sin antes conocerlo, sólo por no poder hablar. Que el chico estaba muy entusiasmado por conocerla, que él le había hablado mucho de ella. Que lo sentía mucho, pero que no le echara la culpa a Julián, quien no tenía nada que ver.

De todo lo que había dicho y hecho, lo que más le había molestado a Elena era que asumiera que ella no querría saber nada del chico porque era mudo. Sólo por eso y ya. Así se lo dijo y él se dio cuenta de que ella estaba enojada. Quizás fuera porque estaba hablando en susurros contenidos o por la forma en que lo estaba mirando, el caso es que se dio cuenta de que estaba muy enojada, bastante.

Elena salió hecha una furia de la cocina y dejó a Víctor mirando al piso. Su salida dramática se echó a perder cuando regresó a la cocina, cogió un vaso y se sirvió agua.

–Al fin y al cabo tu amigo no tiene la culpa de que seas un estúpido –dijo mientras tomaba agua y se serenaba.
–Eres la mejor. En verdad lo siento, perdóname. No pensé que fueras a hacer eso. El problema es que ya van varias veces que le pasa lo mismo.

Asintió y salió otra vez. Cuando hizo su salida teatral hace un par de minutos no se percató de que la cocina daba directo a la sala y que en esta estaban todos. Quienes ahora la miraban curiosos, por lo que Elena se sonrojó. Rápidamente paseó la vista por la habitación para encontrar a Julián, quien estaba en un sofá de dos plazas y resultó ser el extraño del metro. Sus ojos se abrieron a más no poder y cuando se vino a dar cuenta tenía las mejillas tan calientes que se puso las manos en los cachetes para enfriarlas.

¡El chico del metro de esta mañana estaba ahí y era su cita a ciegas!

Se acercó a él, le sonrió tímidamente y él le devolvió la sonrisa del mismo modo. Se sentó junto a él, que segundos después se agachó lejos de Elena. Esta lo miró extrañada por su actitud y procedió a olerse debajo de los brazos. En esas estaba cuando él volvió a erguirse. Y allí, con la nariz metida bajo el brazo izquierdo, Elena le sonrió otra vez. El se rió, silenciosamente. Y ella sonrió más abiertamente.

Los chicos volvieron a lo suyo y disimularon que no estaban averiguando. Julián tenía en las manos un bloc de notas amarillo y con rayas y un lapicero azul. Escribió algo y se lo mostró. “Supongo que Víctor recién te dijo que soy mudo”. Le contestó hablando; le dijo que sí y le aclaró que no estaba enojada porque le había traído por cita a un chico mudo sino porque pensó que ella lo rechazaría por eso. Luego, Julián le preguntó por qué se estaba oliendo el sobaco y ella le respondió que pensaba que él se estaba alejando de ella cuando se sentó y quería confirmar que no apestaba. “No, para nada. Al contrario, hueles muy rico”, le contestó él. Se pasaron la noche entera “hablando”. Al final, él la acompañó a su casa, y ella se sorprendió gratamente al saber que él vivía cerca de allí.

“La cita fue un éxito”, dirían días más tardes sus amigos. Ella estaría de acuerdo con ellos. No terminó con un beso en los labios frente a la entrada de su edificio, pero quedaron en que él le daría clases de lenguaje de señas. Y, “por algo se empieza”, dijo para sí en la soledad de su apartamento.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Así es el amor

Nuevamente la observo desde lejos. Una vez más no me atrevo a acercarme. Suena tan fácil. Sólo es cuestión de caminar los pasos que nos separan, llamar su atención y saludarla. Al menos eso. Ella podría invitarme a sentar junto a ella y entablaríamos una conversación.

Podríamos hablar acerca del libro que esté leyendo. Yo los leo también. De lejos logro ver los títulos y luego los consigo. Suelen gustarme. Y si a ella también, tenemos eso en común. Eso ya es algo.

Un día tras otro la veo llegar, sentarse en el mismo lugar, pedir algo distinto del menú. Porque siempre es algo diferente, supongo que le gusta probar cosas nuevas. Luego, se enfrasca en su lectura. Cuando acaba con su almuerzo espera la cuenta y se levanta para irse.

Sé cuándo uno de los libros que lee la tiene fascinada. Si está hundida en la historia, se levanta de la mesa y sigue leyendo mientras sale del local. Otras veces no es así, sino que tranquilamente coloca un marcapáginas, se levanta y se va.

La he observado tanto que he aprendido sobre ella. No le gusta el café y sólo lo bebe cuando sus ojeras están muy marcadas. Pero aun en esos días siempre sonríe. Disfruta la comida. Ella lee mientras come, pero aun así disfruta de ambas cosas. Aunque más pausadamente. Sus ojos se mueven lentamente mientras mastica y rápidamente cuando espera que traigan su pedido o la cuenta.

El día en que al fin he reunido el coraje suficiente y he espantado la timidez que me ha acompañado toda la vida para acercarme a ella, ella no llegó. Tampoco llegó los días sucesivos.

Un día, cuando ya habían pasado dos años desde la última vez que la vi, creí verla. Fue algo rápido y que posiblemente imaginé, o eso pensé durante la siguiente semana.

Tenía el pelo mucho más largo que hace dos años, su rostro había madurado y sus labios seguían formando la sonrisa que yo recordaba. Era ella. Estaba releyendo una gastada copia de Jane Eyre. Tenía la certeza de que la estaba releyendo, no por lo manoseado del ejemplar sino porque recordaba que ya lo habíamos leído. Primero ella y luego yo.

Decidí acercarme. Ya había aprendido mi lección cuando la perdí hacía dos años. Ella se percató de mi presencia cuando mi sombra se balanceó sobre las páginas de aquel libro. Y me sonrió. Me sonrió con la boca, con los ojos, con toda la cara y con el alma.

Hola, fue lo único que pude articular frente a su belleza inmaculada. Tenía un hermoso sonrojo en su cara limpia. Hola, habló ella bajito y bajando la vista. Tenía unos hermosos ojos marrones, el color era encantador y era la primera vez que los veía.

Le pedí sentarme y por más descabellado que parezca ella aceptó. Nos presentamos, charlamos y comimos. Luego cada cual se fue por su lado.

Contrario a lo que parezca yo no la amaba, ni estaba enamorado. Y ella tampoco sentía eso por mí. Yo estaba cautivado con ella, en algún momento quizás un poco obsesionado. Pero sólo un poco. Ella sentía curiosidad por mí.

Sentarnos juntos se convirtió en rutina y llegamos a conocernos. Conocernos en verdad. Descubrí que ella no era perfecta y me sentí inmensamente feliz por ello. Ella satisfizo su curiosidad, pero nunca se cansó.

Mucho tiempo ha pasado desde ese momento y yo sigo descubriendo cosas nuevas sobre ella y ella sigue sin cansarse de mí.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Traición

Sebastián alzó el brazo y lo llevó hacia atrás. Repentinamente lanzó su puño izquierdo hacia delante. Su puño impactó con la mejilla derecha de Adrián. Sebastián lo miró, con una mezcla de desprecio y decepción. Inmediatamente empezó a mover y flexionar los dedos de su mano, deshaciendo el puño con el que había roto la mejilla de su, alguna vez en el pasado, mejor amigo.

Adrián tenía su mano cubriendo la zona lastimada, su boca formaba un extraño rictus que denotaba dolor y sus ojos estaban fuertemente cerrados para evitar que las lágrimas cayeran. No sabía qué le dolía más. Si el golpe que recibió de Sebastián en forma de un puñetazo que dejaría un horrible moretón o el golpe que le propinó a su mejor amigo al dejar embarazada a su hermana y desaparecer tres años atrás. Definitivamente lo segundo dejaba una marca profunda e indeleble.

Sebastián aun sentía ganas de partirle hasta la madre al malnacido que un día osó llamarse a sí mismo su mejor amigo. Peor aun, él lo consideró como a un hermano. Decidió que no valía la pena. Ya no. No ganaba nada con matarlo y que luego lo apresaran. Dirigiéndole una última mirada que supuraba hastío se dirigió hacia la puerta.

Lo último que Adrián escuchó de Sebastián luego de su reencuentro fue un portazo cargado de odio.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Diferencia de edad

Era mayor que ella por 19 años.

Sus padres, amigos y todos quienes la conocían le dijeron que era una locura estar con él. Que la diferencia de edad era muy grande, que ella era joven y él viejo. Muy viejo, según todo el mundo. Al menos para ella.

Nadie la comprendía. Bueno, nadie excepto el receptor de todas aquellas duras críticas. Él fue uno de sus principales, primeros y más fuertes opositores. Fue él el primero que dijo que aquello era una locura.

Pero también fue el primero que se resignó a la idea. Y es que ella era muy cabezota y, según sus propias palabras, sabía lo que le convenía y lo que no. No hubo quien le sacara de la cabeza que aquello, su relación, era correcta, buena y totalmente aceptable.

Tampoco comprendía porqué todos se oponían a tal unión. No era la primera vez que sucedía ni sería la última.

Cada día se daba en el pecho por las veces que miró sin comprender las relaciones entre personas con una gran brecha en la edad. Es cierto que a toda regla hay excepciones.

–Estoy muy nerviosa –confesó.
–Es normal –la tranquilizaron.
–¿Te ha sucedido alguna vez que sientes el estómago vacío pero no tienes hambre, pero a la vez sientes como que vomitarás todo lo que hay ahí a pesar de que lo sientes vacío? Así me siento yo.

Sus interlocutoras tan sólo sonrieron. A su vez ella mostró una tambaleante sonrisa.

Los hijos, su carrera, la vejez. Esos fueron temas que discutieron bastante y de los que hablaron en muchas ocasiones.

Que si tienes que ir al exterior a hacer tu maestría, pero yo tengo que quedarme trabajando. Pongámosle pausa, pues, y lo retomamos cuando yo vuelva. Perfecta solución, pero fueron dos años lejos. Separados.

Que quiero hacer un doctorado, pues yo te apoyo. Es que se aman. Pero, ¿y los demás? ¿Cómo que te vas de nuevo? ¿Es que no piensan casarse? Él se va a cansar. No, él lo entiende y me apoya. Tres años más.

Ya han pasado más de seis años desde que se hicieron novios, antes de que ella se fuera al exterior. ¿Para cuando es la boda? A este paso, no van a tener hijos. Pero si soy joven, dice confusa. Tu sí, le insinúan.

Mucho hijos, sí. Los habrá.

Al fin. ¡Al fin! Después de tantísimo tiempo, llegó el momento. Nuestro momento. Porque es nuestro y porque hemos caminado a nuestro paso. Sin importarnos las habladurías.

–Ayúdame con la cola y el velo. Está torcido ahí abajo.
–Es que arrastra mucho.
–No arrastra mucho, arrastra lo suficiente.
–Es que yo todavía no sé porqué no quisiste ponerte tacones –bufa.
–Porque así estoy más cómoda.
–Claro, lo sé. Y seguramente que tu futuro esposo no tenga seis pies de altura influyó en que sean tan cómodos.

Tan sólo le guiña un ojo antes de que tenga que salir. Y va detrás de ella, al fin.

Se supone que debería verse serena. Pero le duelen los cachetes a medio camino del altar. Hay una enorme sonrisa en su cara. Y él se ríe disimuladamente.

Veo mi sonrisa reflejada en su rostro. En todo su rostro. Sonríe con la boca, los dientes, los ojos, hasta con la nariz diría yo. Me está sonriendo con el alma, piensa.

Ella también le corresponde y le sonríe con el alma.

Ya tienen todo preparado. La luna de miel, el apartamento donde vivirán cuando vuelvan de la luna de miel. Están pensando en comprar una casa, pero aun están viendo y barajando opciones. Quieren prepararse para cuando la familia crezca. Ella está ansiosa por ello. Y él se encuentra muy emocionado por la idea.

–Acepto –y siente la cara caliente.
–Acepto –escucha su voz y lo ve a los ojos.
–Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Ya era hora. Se besan.

Escrito por: Gisselle Beras
Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Juan Castillo

Era un día soleado, pero el calor del sol no llegaba. El sol se encontraba alto en el cielo, el cual estaba despejado de nubes. Por el momento. Hacía una brisa fresca y habían varias personas caminando con suéteres y abrigos ligeros por la calle. Una de ellas era Juan Castillo.

Juan Castillo siempre había sido un niño amigable y tímido. Hoy en día era un joven de veinte y tantos años, menos amistoso y más tímido. ¿La razón? Juan Castillo había sido golpeado con violencia desde corta edad. La madre, el padre, los hermanos mayores, los compañeros de la escuela, algunos profesores y demás se habían encargado de que Juan Castillo se encerrara en sí mismo. De que Juan Castillo fuera menos hablador, menos amistoso, menos participativo. Y mucho, mucho más tímido e introvertido.

Desde hacía 8 años, cuando cumplió los dieciocho, Juan Castillo dejó de ser maltratado. Se independizó y se alejó de su familia. O más bien, de quienes lo habían criado. O también, de con quienes se había criado. Pero las heridas dejan marcas. Las huellas siguen ahí. Juan Castillo quedó marcado.

Juan Castillo nunca sería el mismo otra vez. Sus experiencias lo marcaron, lo transformaron.

Pero Juan Castillo no se dejó moldear por los hechos que le acontecieron. Juan Castillo, al contrario, se formó en base a esos hechos, pero no dejó que estos lo llevaran a quién sabe dónde como si fueran una fuerte corriente de agua.

Juan Castillo era un buen muchacho. Trabajador y callado, inteligente y traumado. Y estaba caminando con un abrigo ligero por la calle. Verde, el abrigo. Caminaba a su trabajo, porque Juan Castillo no se había dejado vencer por su vida, por su pasado, por su historia. Juan Castillo se levantaba cada vez que se le caía todo encima y se sacudía.

Hoy Juan Castillo es feliz, aunque no lo fue de niño. Hoy Juan Castillo tiene esposa e hijos, una familia, aunque no la tuvo de niño. Y hoy Juan Castillo es amoroso con su familia, porque sabe lo necesario que es el amor en la vida de un niño.

Escrito por: Gisselle Beras
Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Mentiras, engaños, desconfianza

Mentiras, engaños, desconfianza. ¿A dónde iremos a parar? Pero, más acuciante aun, ¿dónde estamos?, ¿qué nos pasó?, ¿cómo llegamos hasta aquí?

Son preguntas que rondan mi mente. Y no encuentro respuestas. La duda me corroe y tú no haces nada para ayudarme, para salvarme. Para salvarnos.

Ya no te importo, parece. Si te importo, lo escondes muy bien. Aparentas que sí, pero no. Yo lo veo, cuando estamos solos. En la intimidad, en la oscuridad, en la soledad.

La cama está fría. Estás ahí, pero no te siento. Tu calor ya no llega hasta mí. Te tengo en frente, físicamente. Tu mente, tu corazón, ¡hasta tu alma! están lejos. Ya no me perteneces. ¿Desde cuándo es así?

Los niños juegan y tú te alejas, pero tu cuerpo sigue con nosotros. Van a la escuela y te desentiendes de todos. Ya son grandes y se están volviendo independientes, tú también. Empiezan a irse de casa y tú tardas en el trabajo. Ya sólo nos queda uno y tú miras el reloj, queriendo que el tiempo avance.

El nido está vacío y remontas el vuelo. Ellos vivieron una infancia feliz, me digo y eso me consuela. Di lo mejor de mí y creo que tú lo intentaste al menos. Pero no lo entienden. Cómo, después de tanto tiempo, sus padres se separan.

Ellos no, pero yo sí. Y ya no me duele tanto como hace diez años me dolía. Como me dolía hace veinte años. Aguantamos. Yo aguanté y tú me aguantaste.

Ya somos todos adultos. Podemos, sino entender, aceptar la situación. Quizás ahora estemos mejor.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Ansiedad

Ese momento, puede ser una hora, un día, un mes o una vida, en el que te sientes ansioso. No encuentras qué hacer, o mejor dicho lo que tienes que hacer no es lo que quieres hacer. No te concentras, divagas y pierdes el tiempo. Al final de la hora, el día o la vida no has hecho nada. Ni lo que tenías que hacer ni lo que querías hacer.

No quieres eso, así que te presionas para hacer lo que tienes que hacer. Ya luego harás lo que quieras. Pero barajas tus opciones una y otra y otra vez y cuando te das cuenta no has terminado de hacer lo que tenías que hacer, pero tampoco has hecho lo que quieres del todo. Te interrumpes a ti mismo y eres tú tu mayor obstáculo.

Ahí es cuando más difícil se vuelve. Luchar contra quienes se te oponen es fácil, hasta lógico. Luchar con quienes piensan igual que tu es más difícil, pero a veces lo hacemos. Pero lo que en verdad cuesta, y muchos no quedan bien parados, es luchar contra uno mismo.

La ansiedad, los instintos, la carne, todo. Cada cosa que no nos gusta, que tratamos de evitar, pero volvemos a hacer, cosas de las que huimos. Nos persiguen, o tal vez no corremos tan rápido para que nos atrapen. No corremos lo suficiente y decimos luego que lo intentamos. La pereza, la lujuria, la envidia.

No vale la pena intentarlo si no se intenta de verdad. Intentar algo de verdad es ponerle ganas, fuerza de voluntad y pararse luego de caer. No dejarse agarrar.

Nosotros somos nuestros peores enemigos. Conocemos nuestros puntos fuertes, pero también los débiles. Eso hace nuestra lucha más difícil. El espíritu es fuerte, pero la carne es débil. Pero a veces la carne predomina, porque no alimentamos nuestro espíritu. Y engordamos a la carne.

Cuando nos dejamos vencer por nuestra carne nos sentimos débiles, sucios, indignos. Nos prometemos a nosotros mismos que no volverá a pasar y luego dejamos que pase. Lo peor, creo, es que cuando hacemos la promesa sabemos que no la cumpliremos porque no haremos nada para evitar que pase de nuevo.

Tantas veces he planificado mentalmente cómo haré las cosas y tantas veces no lo he hecho que me avergüenzo de mí misma. Me avergüenzo.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Amigos

En estos días, la gente llama “amigo” a todo el mundo. A gente que realmente no lo es.

Tus compañeros de clase pueden ser tus amigos, pero no instantáneamente. ‘¡Hey! Me llamo Gisselle, estamos juntos en una clase y en algunos días te estaré llamando amigo’. Eso no está bien.

Un amigo es alguien que te conoce. Me refiero a que dos personas que se acaban de conocer no pueden ser amigos. Pero podrían con el paso del tiempo.

Actualmente la gente llama “amigos” a todos sus conocidos y “mejores amigos” a sus verdaderos amigos. Yo no soy así.

Llamo compañeros de clase a mis compañeros de clase. Conocidos a mis conocidos. Primos a mis primos. Y así sucesivamente.

Tengo un montón de conocidos, muchos compañeros de clase. Algunos de estos compañeros de clase fueron mis amigos y otros no, algunos se están convirtiendo en mis amigos con el transcurrir del tiempo.

Ahora que lo pienso todos mis amigos fueron mis compañeros de clase primero. Tengo dos amigos, realmente cercanos, o así me parece.

Puede sonar triste, pero es real. La mayoría de las personas sólo tiene unos pocos amigos y un montón de personas que sólo son conocidos. Solamente tenemos que aceptarlo.

Hoy tengo dos amigos, muchos compañeros de clase y una gran cantidad de conocidos.

Esto sin contar a mi querida hermana, porque más que mi amiga ella es mi hermana y creo que eso es más que ser una amiga. Amo a mi hermana y también la considero como una amiga, pero una hermana debe serlo. Lo mismo aplica para mis padres y mi hermano y el resto de mi familia.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Actualización:

Este texto lo escribí hace bastante tiempo. Recién empezaba la universidad y me encontraba en un lugar donde todos se llamaban los unos a los otros "amigos" cuando no hacía ni tres semanas que se habían conocido. Era y sigue siendo algo con lo que no estoy de acuerdo.

Incluso, uno de mis compañeros se molestó un poco conmigo porque me había referido a él como un compañero de clases en lugar de como un amigo. En ese momento hacía un año o más que nos conocíamos.

Sobre esto, no sólo pasar tiempo con alguien es lo que hará que se conviertan en amigos. La amistad no es una fórmula instantánea ni una masa que deba dejarse reposar antes de hacer pan.

Sólo amigos

–Me gusta tu compañía. Es que contigo puedo hablar de cualquier cosa. Y no me siento incómodo. No es como con Alejandra, que sólo hablo de estas cosas con ella para incomodarla. Y sólo cuando estamos con Tomás. Con Tomás sí puedo hablar, pero él es un chico. En cambio contigo me siento de lo más cómodo hablando de lo que sea. Videojuegos, chicas, caricaturas. ¡Lo que sea!

Sólo asentía y reía pensando que era una gran manera de dejar traslucir que no me veía más que como a una amiga. Gracias a Dios él a mí no me gustaba más que como un amigo. De lo contrario ahora me sentiría sumamente herida.

Dicen que las chicas somos complicadas, pero los chicos también. Que me caigas bien, no significa que me gustes. Y que me ría contigo no quiere decir que quiero ser más que tu amiga. Es simple. Y es algo que los hombres deberían aprender.

Así como se defienden que no todos ellos son iguales, no todas las mujeres son iguales tampoco. Que haya quienes coqueteen riéndose contigo no significa que quien se ría contigo deseé coquetear o algo más que una amistad.

Sacudí mi cabeza aun con una sonrisa en los labios y miré a Héctor.

–Eres un tonto. –No hacía mucho tiempo que conocía a Héctor, pero desde el primer momento me cayó bien. Con el paso de los meses nos hicimos amigos y henos aquí.

–¡Por Dios, es tarde! –gritó al mirar la hora en su celular–. Llegaremos tarde. Vámonos.

Y sin mayor ceremonia nos dirigimos desde la pequeña cafetería en que nos encontrábamos al edificio del frente, donde teníamos clase dentro de tres minutos, bajo un pequeño paraguas que no nos protegía completamente de la lluvia.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Conocidos

Conocí a Abel en mi primer cuatrimestre de la universidad. Tomamos juntos la clase de Lengua Española. Él en verdad era un gran escritor. Siempre leía sus borradores en clase y a mí me parecía sumamente interesante. Él y los borradores. Sin embargo nunca le hablé.

No porque ganas me faltaran, sino porque no era esa clase de persona. Ese tipo de persona que se acerca a algún chico nuevo en el colegio sólo para saludarle y que se hacen amigos inmediatamente.

Cuando les decía a mis amigos y familiares que yo en verdad era tímida siempre se burlaban de mí. Pero para hacer nuevos amigos en verdad lo soy. No soy buena cuando se trata de eso, no me adapto a ese tipo de circunstancias.

Soy la clase de persona que se adapta fácilmente a una nueva situación, como dejar a mi familia e irme a vivir sola, a una nueva ciudad, para poder estudiar. Sin embargo, pasaron meses antes de que pudiera empezar a hacer amigos, a tener conversaciones, a salir del ostracismo en el que me encontraba encerrada. No soy una persona antisocial; al contrario, necesito estar rodeada de personas la mayor parte del tiempo. Ser social es algo necesario para mí, compartir con las demás personas, reír, hablar.

Pero hay un pequeño gran problema, sólo soy social con las personas que ya conozco.

Hasta que no entro en confianza no puedo soltarme, desinhibirme. Pasaron dos cuatrimestres, ocho meses completos, antes de que sucediera eso. Antes de que saliera del caparazón en el que vivía. Sí me había relacionado con otras personas, tampoco era una ermitaña, pero no había entablado amistad con nadie hasta entonces.

Algunas veces vi a Abel por los pasillos de la universidad, subiendo o bajando las escaleras, pero no tuvimos otra clase juntos hasta mi noveno cuatrimestre, es decir dos años y medio después de haberlo conocido.

No creía que él me recordaría. Es más, no creo que supiera que habíamos tenido una clase juntos cuando apenas iniciábamos nuestras vidas universitarias, pero extrañamente sí lo recordaba. Recordaba mi nombre y me recordaba a mí.

Él sabía quién era yo y eso me desconcertó.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.