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jueves, 21 de septiembre de 2017

Conocidos

Conocí a Abel en mi primer cuatrimestre de la universidad. Tomamos juntos la clase de Lengua Española. Él en verdad era un gran escritor. Siempre leía sus borradores en clase y a mí me parecía sumamente interesante. Él y los borradores. Sin embargo nunca le hablé.

No porque ganas me faltaran, sino porque no era esa clase de persona. Ese tipo de persona que se acerca a algún chico nuevo en el colegio sólo para saludarle y que se hacen amigos inmediatamente.

Cuando les decía a mis amigos y familiares que yo en verdad era tímida siempre se burlaban de mí. Pero para hacer nuevos amigos en verdad lo soy. No soy buena cuando se trata de eso, no me adapto a ese tipo de circunstancias.

Soy la clase de persona que se adapta fácilmente a una nueva situación, como dejar a mi familia e irme a vivir sola, a una nueva ciudad, para poder estudiar. Sin embargo, pasaron meses antes de que pudiera empezar a hacer amigos, a tener conversaciones, a salir del ostracismo en el que me encontraba encerrada. No soy una persona antisocial; al contrario, necesito estar rodeada de personas la mayor parte del tiempo. Ser social es algo necesario para mí, compartir con las demás personas, reír, hablar.

Pero hay un pequeño gran problema, sólo soy social con las personas que ya conozco.

Hasta que no entro en confianza no puedo soltarme, desinhibirme. Pasaron dos cuatrimestres, ocho meses completos, antes de que sucediera eso. Antes de que saliera del caparazón en el que vivía. Sí me había relacionado con otras personas, tampoco era una ermitaña, pero no había entablado amistad con nadie hasta entonces.

Algunas veces vi a Abel por los pasillos de la universidad, subiendo o bajando las escaleras, pero no tuvimos otra clase juntos hasta mi noveno cuatrimestre, es decir dos años y medio después de haberlo conocido.

No creía que él me recordaría. Es más, no creo que supiera que habíamos tenido una clase juntos cuando apenas iniciábamos nuestras vidas universitarias, pero extrañamente sí lo recordaba. Recordaba mi nombre y me recordaba a mí.

Él sabía quién era yo y eso me desconcertó.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

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