Elena caminaba rápidamente por la calle atestada de gente. Llegaba tarde y no era la primera vez en la semana; mucho menos en el mes. Bajó a la estación y cuando intentó cruzar la barra de metal, para llegar a la plataforma, por poco cae al suelo. Bufando molesta se dirigió a la taquilla a recargar su tarjeta. Tardó cinco minutos, rezando para no perder el metro, y cuando al fin logró pasar la barra de metal bajó corriendo por las escaleras. En el mismo instante en que llegó el vagón se le resbaló la cartera del hombro y dejó salir algo de su contenido. Maldijo entre dientes y recogió sus pertenencias rápidamente. Ya sea por torpeza o mala suerte se le cayó el abrigo en cuanto se enderezó. Justo cuando iba a agacharse para recogerlo, una mano se lo tendió y otra la empujó hacia el vagón.
Cuando por fin estuvo dentro del vagón, segundos antes de que cerraran las puertas, se dirigió al buen samaritano que la ayudó hacía un momento. Este era un chico más alto que ella y desgarbado. Le sonrió y le agradeció. Él le devolvió la sonrisa y se ignoraron cordialmente durante el resto del viaje. Elena bajó tres estaciones después y dejó al desconocido continuar su viaje.
Llegó a la oficina quince minutos tarde, saludando y tratando de pasar inadvertida para América, su compañera que siempre le recordaba la hora correcta de llegada. Estuvo todo el día yendo y viniendo por el edificio, llevando papeles que debían ser firmados, proyectos que debían ser aprobados y organizando la fiesta de aniversario de la empresa. Para la hora de la comida su jefe había aprobado el presupuesto para la fiesta, había conseguido el salón del hotel indicado, había llamado a su madre y se había tomado los antigripales. La tarde le deparaba menos ajetreo.
Cansada y preguntándose por qué debía ir al trabajo con tacones esperaba pacientemente la llegada del metro. Estaba agotada, la tarde no había sido tan poco ajetreada como había esperado e imaginado. Y aun debía ir a la reunión con sus amigos. Reunión donde intentarían emparejarla nuevamente con alguien a quien no conocía y en quien no tenía el más mínimo interés. Pero primero iría a su casa y se daría un baño reconfortante. Lo necesitaba si quería sobrevivir la noche. Disfrutarla no, para eso necesitaba dormir y descansar. Sueño un poco lejano e inalcanzable por el momento, pensó con amargura.
Cuando el vagón se detuvo frente a ella, subió automáticamente. Debido a la hora estaba repleto de gente que, al igual que ella, salía de su trabajo. Consiguió un lugar al lado de la puerta, junto a los asientos, y se sostuvo de un tubo. Una mano le tocó el brazo para llamar su atención. Cuando giró el rostro se encontró con el joven desconocido de la mañana, que le ofrecía su asiento. Pensó, por un momento, que no era justo que se sentara cuando, de seguro, él también estaba cansado. Pero fue sólo un momento y luego el pensamiento fue desechado cuando sus pies se hicieron sentir.
Nuevamente le sonrió agradecida al joven y tomó asiento. Mientras que él se colocaba en su antiguo lugar. Además de alto y desgarbado, el chico era lindo de una manera singular. Sólo yo podría pensar que alguien es lindo de una manera singular, se rió internamente. Tenía cierto aire encantador, o quizás fuera el hecho de que la había ayudado en la mañana y ahora le cedía su asiento. Sus ojos eran de un marrón claro, su pelo marrón oscuro y ondulado. Elena desvió la vista, pues lo había estado mirando fijamente por un momento.
Su nariz tenía personalidad y su cara imberbe lucía suave. Supuso que debería tener su misma edad y se preguntó por qué no tenía barba. De repente, o quizás no tan de repente, quiso saber su nombre y, aunque no era su costumbre en absoluto, quiso darle su número o pedirle el suyo. Cualquier cosa que los mantuviera en contacto.
En el momento en que iba a decirle “oye, ¿y tú cómo te llamas?” se escuchó el altavoz anunciando la estación anterior a la suya. Giró la cabeza un momento a la pantalla que anunciaba el recorrido y cuando la regresó a donde estaba vio con decepción y sorpresa que el extraño estaba bajando allí. Justo en el peor momento, se dijo. Encima se enfurruñó, porque se suponía que él bajaría junto con ella; en esa misma estación había subido en la mañana. Era de esperar, pero no sucedió.
Se bajó en la siguiente parada y caminó las dos cuadras que la separaban de su apartamento. Llegó, encendió las luces, soltó la cartera y se deshizo de los zapatos. Se desvistió rápidamente y se metió al baño. Luego de veinte minutos salió desnuda y se colocó la ropa interior. Eligió algo cómodo que ponerse y se calzó unas zapatillas extremadamente cómodas y afelpadas por dentro. Se preparó un sándwich, ya que no aguantaría el hambre hasta llegar a casa de Nicole. Tomó las llaves, el celular y algo de dinero y lo repartió en sus bolsillos. Fue comiendo durante el camino al metro.
El viaje en metro fue agradable, ya que consiguió un asiento libre enseguida, y corto, porque sólo era a una estación de distancia. Una esquina después de bajar el metro tocó el timbre en el apartamento de Nicole. Desde donde estaba se escuchaba la música y las risas de sus amigos y eso la animó un poco. Raúl abrió la puerta y la recibió con una sonrisa muy agradable. Le dio un beso en la mejilla, saludó y entró.
–Están todos en la cocina. Excepto tu futuro Romeo –le indicó, caminando hacia la mencionada habitación.
–No seas idiota –respondió Elena, pasando por su lado y dándole un manotazo suave en la cabeza a modo de juego.
No era la primera vez que trataban de organizarle una cita a ciegas, o algo parecido. Ella era la única de su grupo de amigos que seguía soltera. Carla y Raúl estaban juntos desde hacía once meses y Raúl ya había comprado el anillo para pedirle matrimonio a Carla. Nicole estaba con un chico que conoció en un viaje a Santiago y estaban tratando verse lo más posible. Y, finalmente, Víctor estaba enamorado de Claudia. Y luego estaba ella, quien nunca había tenido novio. Y lo que era peor, según sus amigos, por voluntad propia. Hubieron tres potenciales candidatos que llegaron por sus propios pies y unos cuantos más que sus amigos trataron de meterle por los ojos. Pero a todos los rechazó por distintas razones. No ha llegado el adecuado, les decía ella. Cuando viene a ver se perdió, rebatían ellos. Llegará cuando tenga que llegar, los tranquilizaba ella.
–¡Aquí está nuestra amiga jamona! –celebraron su llegada.
–¡Oh, por Dios!
–Ya verás que este sí te va a gustar –le indicó Nicole –. Es muy lindo y me parece que es tu tipo.
–Yo no tengo un tipo –le llevó la contraria.
–Sí lo tienes –aportó sabiamente Víctor y Claudia asintió.
–Te gustan que sean al menos un poco más altos que tú, pelo rizado o por lo menos no lacio, nariz… Bueno, nariz con personalidad, como tú las llamas. No sé cómo interpretar eso –enumeró Carla un poco confusa al final.
–Ok, ya entendí el punto. Y si es así entonces conocí al chico de mis sueños esta mañana en el metro –dijo Elena sin pensar.
Y luego se arrepintió. Hicieron un círculo a su alrededor y la interrogaron con la mirada. No es nada, les aseguró, pero insistieron. Entonces no tuvo otra opción que contarles lo de sus dos sosos encuentros con el extraño del metro. Cuando se vieron complacidos con la narración y descripción del “detallado encuentro con su sexy nuevo amante”, como denominó Claudia, la dejaron en paz.
–Por cierto, tu nuevo Romeo no se llama Romeo. Se llama Julián –declaró Nicole.
–Gracias por aclararlo. Así cuando lo conozca no le diré: Tu eres Romeo y yo seré tu Julieta –dijo con voz dramática y los chicos rieron entusiasmados.
El timbre sonó y Elena imaginó que sería Julián, quien era el único que faltaba. Víctor, que es quien conocía a Julián, fue a abrir. Gritó que ya iba y antes de salir de la cocina dio media vuelta. Se dirigió a Elena y le dijo, “por cierto, linda, Julián es mudo”. Sonrió, una sonrisa de disculpa por no haberle dicho antes, y ella se quedó con los ojos abiertos de la impresión. Vio a los chicos y se dio cuenta que ya lo sabían.
Los chicos salieron de la cocina a recibir a Julián. Víctor volvió a la cocina y la miró apenado. Lo único que se le ocurrió a Elena preguntarle es por qué no le había dicho antes.
Él se disculpó, esta vez en voz alta, y le explicó que no quería que fuera a rechazar a su amigo sin antes conocerlo, sólo por no poder hablar. Que el chico estaba muy entusiasmado por conocerla, que él le había hablado mucho de ella. Que lo sentía mucho, pero que no le echara la culpa a Julián, quien no tenía nada que ver.
De todo lo que había dicho y hecho, lo que más le había molestado a Elena era que asumiera que ella no querría saber nada del chico porque era mudo. Sólo por eso y ya. Así se lo dijo y él se dio cuenta de que ella estaba enojada. Quizás fuera porque estaba hablando en susurros contenidos o por la forma en que lo estaba mirando, el caso es que se dio cuenta de que estaba muy enojada, bastante.
Elena salió hecha una furia de la cocina y dejó a Víctor mirando al piso. Su salida dramática se echó a perder cuando regresó a la cocina, cogió un vaso y se sirvió agua.
–Al fin y al cabo tu amigo no tiene la culpa de que seas un estúpido –dijo mientras tomaba agua y se serenaba.
–Eres la mejor. En verdad lo siento, perdóname. No pensé que fueras a hacer eso. El problema es que ya van varias veces que le pasa lo mismo.
Asintió y salió otra vez. Cuando hizo su salida teatral hace un par de minutos no se percató de que la cocina daba directo a la sala y que en esta estaban todos. Quienes ahora la miraban curiosos, por lo que Elena se sonrojó. Rápidamente paseó la vista por la habitación para encontrar a Julián, quien estaba en un sofá de dos plazas y resultó ser el extraño del metro. Sus ojos se abrieron a más no poder y cuando se vino a dar cuenta tenía las mejillas tan calientes que se puso las manos en los cachetes para enfriarlas.
¡El chico del metro de esta mañana estaba ahí y era su cita a ciegas!
Se acercó a él, le sonrió tímidamente y él le devolvió la sonrisa del mismo modo. Se sentó junto a él, que segundos después se agachó lejos de Elena. Esta lo miró extrañada por su actitud y procedió a olerse debajo de los brazos. En esas estaba cuando él volvió a erguirse. Y allí, con la nariz metida bajo el brazo izquierdo, Elena le sonrió otra vez. El se rió, silenciosamente. Y ella sonrió más abiertamente.
Los chicos volvieron a lo suyo y disimularon que no estaban averiguando. Julián tenía en las manos un bloc de notas amarillo y con rayas y un lapicero azul. Escribió algo y se lo mostró. “Supongo que Víctor recién te dijo que soy mudo”. Le contestó hablando; le dijo que sí y le aclaró que no estaba enojada porque le había traído por cita a un chico mudo sino porque pensó que ella lo rechazaría por eso. Luego, Julián le preguntó por qué se estaba oliendo el sobaco y ella le respondió que pensaba que él se estaba alejando de ella cuando se sentó y quería confirmar que no apestaba. “No, para nada. Al contrario, hueles muy rico”, le contestó él. Se pasaron la noche entera “hablando”. Al final, él la acompañó a su casa, y ella se sorprendió gratamente al saber que él vivía cerca de allí.
“La cita fue un éxito”, dirían días más tardes sus amigos. Ella estaría de acuerdo con ellos. No terminó con un beso en los labios frente a la entrada de su edificio, pero quedaron en que él le daría clases de lenguaje de señas. Y, “por algo se empieza”, dijo para sí en la soledad de su apartamento.
Escrito por: Gisselle Beras
Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario