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lunes, 18 de diciembre de 2017

Por ti

–Papi, ¿hoy vamos a ir a ver a mami?
–Sí, pequeño.
–¿Por eso nos levantamos más temprano?
–Sí, y por eso también ya nos vamos para el hospital.
Al llegar al hospital padre e hijo se dirigieron inmediatamente a la cuarta planta del recinto, en donde se encontraba el motivo de las constantes visitas que habían efectuado a aquel lugar durante los últimos meses.
–¡Hola, mami! –dijo el pequeño mientras se subía a la cama de hospital que ocupaba aquella mujer.
–¿Cómo estás, cariño?
–Bien, papi me compró un pote de papitas en la cafetería de abajo, ¿quieres? –mencionó mientras estiraba el envase al que se refería.
–No puedo comerlas, cariño, pero gracias.
–Robert, no te le recuestes tan fuerte a tu mami. Buen día, cariño, ¿cómo amaneciste? –dijo besándola.
–Estoy bien.
Pasaron un rato charlando, hasta que el padre se puso de pie y se dirigió al pequeño Robert.
–Robert, ¿puedes cuidar a tu mamá un rato?
–¡Claro que sí! Ya soy grande –acotó el chiquillo de cinco años muy orgulloso de sí mismo.
–¿A dónde vas? –interrogó la mujer a su marido.
–Iré a buscar al doctor Jiménez, tengo que hablar algunas cosas con él.
–¿El qué? –volvió a insistir.
–Nada de importancia, querida. Descansa, y que no te agobie –dijo el hombre señalando a su hijo–. Me llamas cualquier cosa.
Al salir de la habitación, bajó las escaleras hasta la segunda planta, en donde se dirigió directamente al consultorio del médico, que ya lo esperaba dentro.
–Buen día doctor. ¿Cómo está?
–Bien, Sebastián, gracias.
–Qué bueno doctor, pero yo me refería más específicamente a mi esposa, y discúlpeme por hablar tan fuera de contexto y por lo grosero que estoy siendo.
–No te preocupes, lo sé, sólo estaba tomándote el pelo. Bien… Sandra está estable por el momento, pero necesitamos con urgencia que aparezca un donante compatible. Como ya sabes, su situación es muy delicada, e impredecible debido al embarazo, y su corazón puede fallar nuevamente en cualquier momento, su cuerpo está demasiado débil para aguantar otra falla cardiaca. La única salida viable es que encontremos un corazón que sea bien recibido por su organismo.
–Ok, doctor... Pasando a otra cosa, los exámenes que me practicaron... ¿Ya tienen los resultados?
–De unos sí, pero aún falta que entreguen los resultados de otros que son imprescindibles, pero Sebastián, debo recordarte que en algún momento...
–Desentiéndase de eso, doctor, que yo me encargo, usted sólo tiene que preocuparse por ser discreto con lo que atañe a este asunto entre usted y yo, recuerde lo de la confidencialidad paciente-doctor.
–Muy bien... En cuanto tenga los resultados le haré saber inmediatamente.
–Gracias, bueno, lo dejo que siga trabajando y yo volveré con mi esposa y mi hijo.
Algunos días después esta familia seguía en el hospital, y es que la madre, embarazada de seis meses, presentaba graves problemas cardiacos.
–¡Hola! –gritó una joven mujer al entrar en la habitación donde se encontraba la familia.
–¡Tía! –le correspondió Robert.
–Hola, cariño. ¡Hola, viejo amargado! –dijo la joven observando juguetonamente al padre del niño que llevaba en brazos, a lo que este respondió con una mueca.
–No lo llames así, Kata –defendió la convaleciente a su esposo.
–No lo defiendas, Sandra, sabes bien que eso es lo que es, un viejo amargado... –sentenció.
–Viejo amargado y todo, Yokasta, sabes que te caigo sumamente bien –se jactó el individuo.
–Sólo me agradas porque cuando te llevaste a la pitufa de mi hermana, yo me quedé con el cuarto para mí sola –sonrió.
–¡Pero si yo ni siquiera vivía ya en la casa! Estaba estudiando.
–Pero cuando venías de visita, ¿en dónde dormías? ¿Eh? ¡En MI cuarto! –hizo énfasis–. Así qué armé la boda antes de que él te lo propusiera sólo para deshacerme de ti.
–¡Ni tu misma te lo crees! ¡Jajajajaja! ¡Ay! –terminó quejándose Sandra.
–¿Amor? ¿Qué tienes? ¡Llama a una enfermera, Yoka!
Días después la familia recibió aquella noticia que esperaban desde hacía más de cuatro meses. Tenían un donante.
–¡Oh! ¡Por Dios! ¡Gracias Dios! –eran las expresiones que más se escuchaban entre tanta algarabía.
Ese mismo día en la noche, antes de acostar a su pequeño hijo, el padre, Sebastián, se derrumbó momentáneamente.
–Robert, cuando tu hermanita o hermanito nazca serás el hermano mayor... Debes cuidar siempre de él o ella, ¿entendido?
–Sí, papi.
–Y a tu mamá también –especificó.
–¡Claro que sí!
–Y cuando seas grande y yo ya no esté, debes velar por tu mamá, que no le falte nada, porque ella ya estará viejita y no podrá trabajar, pero debes quererla siempre.
–Por supuesto, papi, yo la amo –aseguró el pequeño.
–¿Y a mí? ¿Me amas? –preguntó el padre conmocionado.
–Sí, papi, ¡claro que sí!
–Ven, dame un abrazo –el joven padre de aquel pequeño le extendió sus brazos para recibirlo–. Te amo campeón –le susurró al oído, al borde de las lágrimas.
–Yo también te amo, papi –el niño miró el rostro de su padre, iluminado por la luz del pasillo.
–Recuérdalo siempre. Te amo a ti, a tu mamá y a tu pequeño hermanito –dijo sin poder contener el llanto por más tiempo.
–Sí, papi, pero ¿por qué lloras?
–Porque los amo mucho.
Al día siguiente era la operación, los doctores y las enfermeras iban de un lado a otro preparando todo.

–¿Ya tienen la sala de cirugía lista?
–Sí, doctor, y están trayendo ya a la paciente.

–La anestesia ya hizo efecto, doctor.
–Recuerden que está embarazada, mediquen con cuidado.

–Escarpelo, enfermera.

–¿Ya está en marcha el aparato de circulación?
–Sí, doctor.
–Conéctenla.

–Tengan a mano el corazón sano, voy a sacar este.

–¡Corazón!

–Suture, enfermera...

–Los signos vitales están cayendo...
–¡Está entrando en paro! ¡El desfibrilador!
–Tenga.
–¡Despejen! ¡Otra vez! ¡Despejen!
–¡Hay pulso! Los signos vitales se están elevando.

El equipo médico que trató el caso salió agotado de la sala de cirugías, el doctor que llevó el caso de esa paciente durante los últimos meses se dirigió a la familia para comunicarles el estado de esta.
–La operación salió bien, ahora la trasladarán a la UCI –decía como un autómata, y no sabía si era el cansancio o su conciencia quien le reclamaba–, es posible que no despierte en un par de días, pero mantendremos el control sobre su estado, deben recordar que luego ella tiene que someterse a un tratamiento, debemos seguirla tratando para evitar que rechace el corazón, además de que el parto tendrá que ser por una cesárea, obviamente. Y después de todo eso deberá seguir asistiendo a controles programados durante dos años, aproximadamente. Todo esto como medida preventiva por si... –pero fue interrumpido por Yokasta, la hermana de la mujer a quien acababan de operar.
–Cállese... –siseó esta–. ¡Maldito bastardo! ¡Usted lo sabía! –empezó a alterarse.
–Yokasta, tranquilízate, por favor –trató de calmarla su pareja.
–¡No, Carlos! ¿Cómo coñazo quieres que me tranquilice cuando este pelafustán sabía lo que estaba pasando y no nos dijo nada? Usted... –y señaló al doctor–. ¡Maldito! ¡Mal nacido! ¡Porquería de hombre!
–Enfermera, suminístrele un sedante, inmediatamente –solicitó el médico.
–Ojalá se pudra en el infierno... Se lo... merece... –dijo la joven antes de ser arrastrada por el potente somnífero.
Tres días pasó Sandra en la Unidad de Cuidados Intensivos sin reaccionar, pero siendo vigilada muy de cerca por los doctores; la mañana del cuarto día los médicos consideraron que se encontraba suficientemente estable para pasarla a planta y así lo hicieron.
–¿Hola? –dijo con voz pastosa y ronca al despertar.
–¡Mami! Qué bueno que ya despertaste... –se le acercó su hijo, el cual no se había apartado de ella desde que la trasladaron.
–Hola, cariño... ¿Qué te pasa? Tienes los ojitos rojos –se percató–, ¿estabas llorando?
El niño la miró y no pudo más que asentir como respuesta, pues se ahogaba en llanto nuevamente.
–Cariño, ¿qué pasa? No me asustes.
–Ya despertaste, Sandra... ¿Cómo te sientes? –cuestionó Yokasta al entrar a la habitación, ignorando la escena.
–¿Qué está pasando? Robert ha estado llorando... Y tú también –notó que su hermana también tenía los ojos hinchados–. ¿Qué está sucediendo, Kata?
–Toma –le tendió un papel doblado mientras ahogaba un sollozo.
–¿Qué es esto?
–Es de Sebas –le dijo como toda respuesta.
–A todo esto, ¿dónde está él?
–Léelo... –le instó antes de que le fallara la voz.

–¡Oh, por Dios! Dime que no es cierto Kata, dime que no, por favor... –sollozó.
–Sebas fue tu donante –dijo llorando.

En el papel que quedó desechado se leía:

Cuando te dije que daría todo por ti, no mentía. Mi corazón te pertenece, lo sabes. Siempre fue tuyo, desde el primer día. Y hoy lo es más que nunca. Hoy y siempre. Te amo.
S.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado en algún punto de 2013, según muestran los registros, y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

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