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jueves, 12 de octubre de 2023

Se esperaban mutuamente


Se esperaban mutuamente.
Y esperaron y esperaron
porque ninguno de los dos sabía
que el otro lo esperaba.

Esperaban y no decían nada.
Esperaban y no hacían nada.
Esperaron y no consiguieron nada.

Esperaron en silencio,
aguardando por una señal.
Ninguno daba señales por sí mismo,
ni el más pequeño indicio,
por miedo a ser descubierto
y no correspondido.

¿Qué es peor?
¿Que no sucediera nada cuando pudo haber ocurrido
o la posibilidad, el temor, de acabar con el corazón roto y confundido?

Escrito por: Gisselle Beras

Creado no recuerdo cuándo y no recuerdo por qué.


sábado, 13 de enero de 2018

La dicha que me fue negada

Adaptación de la canción homónima de Leonardo Favio.

–Te estás poniendo mal la corbata. Déjame ayudarte –me acerco a Mario, le ajusto la corbata y termino de hacer el nudo.
–Es que estoy demasiado nervioso –dice él, dejándose hacer.
Las manos de Mario, temblorosas mientras trataban de hacer el nudo de la corbata, caen a sus lados y su cabeza sube mientras termino de sujetar la corbata, ya hecho el nudo, con un pisacorbatas.
Mario hace muecas y sonidos, como un caballo relinchando, mientras brinca de un pie a otro.
–Pareces un payaso haciendo eso –no puedo evitar reírme.
–¡No me puedo estar quieto! Estoy demasiado emocionado.
Se pasa las manos por la cara como para despejarse. Justo en ese momento entra Andrés, su hermano menor, para avisarnos que ya es hora de tomar nuestros lugares.
Al entrar en la iglesia, el olor de las flores me invade. Por todas partes se pueden ver arreglos de rosas blancas y azucenas naranjas. Me parece una combinación inusual y vibrante. Tan parecida a Esther.
Desde el altar, junto a Mario, puedo ver la pequeña multitud que se ha reunido para presenciar el acto de amor que se llevará a cabo allí.
No mucho después aparece Esther en la puerta de la iglesia. En medio de todas aquellas decoraciones, la pequeña novia parece ser la más hermosa y delicada flor de todas. Lleva un vestido blanco y se ve un poco pálida, casi no lleva maquillaje, pero sus mejillas tienen un toque rosado pálido que no se debe más que a la emoción. Como si hubiera recibido una grata sorpresa y se estuviera recuperando del shock. A diferencia de Mario, que es un manojo de nervios, se la ve serena mientras camina lentamente al altar. Las luces del lugar la iluminan y el coro entona la marcha nupcial.
La charla que se había mantendido desde antes de que llegaramos cesó en cuanto se abrieron las puertas principales y Esther hizo su entrada. Ahora sólo murmullan su aprobación y contemplan a la bella novia mientras esta cruza la estancia.
No puedo evitar sonreír al verla tan contenta, tan feliz, tan llena. Pero tampoco puedo evitar pensar, con amargura, que así es la vida y que no puedo hacer nada al respecto, al recordar mi papel en la ceremonia.
A unos pasos de mí se encuentra Mario, esperándola. Mi amigo la espera. Amigo querido, amigo del alma. Por él. En homenaje a él debo fingir que estoy alegre. ¡Dios! ¡Cuánto la amé! Y está tan hermosa esta noche que duele mirarla. ¡Qué hermosa!
–Y yo los consagro marido y mujer en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
De acuerdo a lo planeado, la corte se aleja del altar y se encamina por el pasillo de en medio hacia la salida. Esperaremos a los recién casados fuera de la iglesia.
Nuevamente el coro canta, los novios van caminando desde el altar mayor. El bullicio ha vuelto mientras todo el mundo se levanta, aplaude, abraza, besa y felicita a los novios.
Mientras van recibiendo saludos y felicitaciones de los invitados en su camino a la salida y posterior recepción, no puedo evitar pensar acerca de lo que pudo haber sido y no fue. De lo que quise que fuera y ya nunca será.
Le ruego a Dios que nunca se sepa que mordí mis labios para no gritar cuando el padre preguntó si había alguien que se opusiera. Que mi alma está en sombras desde que supe que entablaron una relación y que lloré en silencio cuando me dijeron que se casarían. No de felicidad como ellos pensaron. Dios, que nunca se sepa que no podré olvidarla jamás.
–¡Oh, Dios, ya están cerca mío! Ayúdame –digo en un susurro a media voz. Me sorprendo a mí mismo por haber dicho aquello en voz alta y ruego a Dios que nadie me haya escuchado.
–¡Víctor, hermano! ¿No me dices nada? –me saluda Mario, abriéndome los brazos y acercándose. Me da uno de esos abrazos de hombre con palmadas en la espalda incluidas.
–¡Oh, perdón! Es que estoy tan emocionado –digo, al salir del trance en el que me hallaba–. Yo… yo te deseo toda la dicha que hubiera deseado para mí. Y, además, mmm… No sé.
–¿Y para mí? –interviene Esther con una sonrisa entre tímida y radiante.
–Para ti… –suspiro–. Lo mejor, mi vida. Y un deseo –digo, acordándome de pronto–, la promesa de que el primer hijo llevará mi nombre en recuerdo del amor que les tengo. Y, además, porque fui yo quien los presentó –termino, tragando el nudo en mi garganta.
–De acuerdo –me dice Mario solemnemente.
–De acuerdo. Un abrazo –abro mis brazos hacia él.
–¡Un abrazo, hermano!
Mario me abraza. Esta vez sin las palmadas en la espalda, pero con mayor sentimiento incluso.
Se alejan y siguen saludando amigos.
–Adiós, mis amigos, queridos del alma –digo para mí–. Le ruego a Dios que sean felices, que toda la dicha que me fue negada, la virgen María se las dé a los dos. Adiós, queridos del alma.
Parado en la cima de la escalinata de la iglesia, con las manos en los bolsillos y una lágrima saliendo por el rabillo de mi ojo izquierdo, veo como Mario, mi más querido amigo, y Esther, la única mujer a la que he amado, suben al auto que los espera para llevarlos a la recepción. Los invitados también se encaminan a la recepción y cuando me doy cuenta me encuentro solo. Ya todos se han marchado. Yo también debo ir con ellos. A fin de cuentas, me corresponde realizar el discurso del padrino.
Bajando la escalinata limpio la lágrima solitaria que corre por mi mejilla izquierda.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado el 13 de enero de 2018

lunes, 18 de diciembre de 2017

Por ti

–Papi, ¿hoy vamos a ir a ver a mami?
–Sí, pequeño.
–¿Por eso nos levantamos más temprano?
–Sí, y por eso también ya nos vamos para el hospital.
Al llegar al hospital padre e hijo se dirigieron inmediatamente a la cuarta planta del recinto, en donde se encontraba el motivo de las constantes visitas que habían efectuado a aquel lugar durante los últimos meses.
–¡Hola, mami! –dijo el pequeño mientras se subía a la cama de hospital que ocupaba aquella mujer.
–¿Cómo estás, cariño?
–Bien, papi me compró un pote de papitas en la cafetería de abajo, ¿quieres? –mencionó mientras estiraba el envase al que se refería.
–No puedo comerlas, cariño, pero gracias.
–Robert, no te le recuestes tan fuerte a tu mami. Buen día, cariño, ¿cómo amaneciste? –dijo besándola.
–Estoy bien.
Pasaron un rato charlando, hasta que el padre se puso de pie y se dirigió al pequeño Robert.
–Robert, ¿puedes cuidar a tu mamá un rato?
–¡Claro que sí! Ya soy grande –acotó el chiquillo de cinco años muy orgulloso de sí mismo.
–¿A dónde vas? –interrogó la mujer a su marido.
–Iré a buscar al doctor Jiménez, tengo que hablar algunas cosas con él.
–¿El qué? –volvió a insistir.
–Nada de importancia, querida. Descansa, y que no te agobie –dijo el hombre señalando a su hijo–. Me llamas cualquier cosa.
Al salir de la habitación, bajó las escaleras hasta la segunda planta, en donde se dirigió directamente al consultorio del médico, que ya lo esperaba dentro.
–Buen día doctor. ¿Cómo está?
–Bien, Sebastián, gracias.
–Qué bueno doctor, pero yo me refería más específicamente a mi esposa, y discúlpeme por hablar tan fuera de contexto y por lo grosero que estoy siendo.
–No te preocupes, lo sé, sólo estaba tomándote el pelo. Bien… Sandra está estable por el momento, pero necesitamos con urgencia que aparezca un donante compatible. Como ya sabes, su situación es muy delicada, e impredecible debido al embarazo, y su corazón puede fallar nuevamente en cualquier momento, su cuerpo está demasiado débil para aguantar otra falla cardiaca. La única salida viable es que encontremos un corazón que sea bien recibido por su organismo.
–Ok, doctor... Pasando a otra cosa, los exámenes que me practicaron... ¿Ya tienen los resultados?
–De unos sí, pero aún falta que entreguen los resultados de otros que son imprescindibles, pero Sebastián, debo recordarte que en algún momento...
–Desentiéndase de eso, doctor, que yo me encargo, usted sólo tiene que preocuparse por ser discreto con lo que atañe a este asunto entre usted y yo, recuerde lo de la confidencialidad paciente-doctor.
–Muy bien... En cuanto tenga los resultados le haré saber inmediatamente.
–Gracias, bueno, lo dejo que siga trabajando y yo volveré con mi esposa y mi hijo.
Algunos días después esta familia seguía en el hospital, y es que la madre, embarazada de seis meses, presentaba graves problemas cardiacos.
–¡Hola! –gritó una joven mujer al entrar en la habitación donde se encontraba la familia.
–¡Tía! –le correspondió Robert.
–Hola, cariño. ¡Hola, viejo amargado! –dijo la joven observando juguetonamente al padre del niño que llevaba en brazos, a lo que este respondió con una mueca.
–No lo llames así, Kata –defendió la convaleciente a su esposo.
–No lo defiendas, Sandra, sabes bien que eso es lo que es, un viejo amargado... –sentenció.
–Viejo amargado y todo, Yokasta, sabes que te caigo sumamente bien –se jactó el individuo.
–Sólo me agradas porque cuando te llevaste a la pitufa de mi hermana, yo me quedé con el cuarto para mí sola –sonrió.
–¡Pero si yo ni siquiera vivía ya en la casa! Estaba estudiando.
–Pero cuando venías de visita, ¿en dónde dormías? ¿Eh? ¡En MI cuarto! –hizo énfasis–. Así qué armé la boda antes de que él te lo propusiera sólo para deshacerme de ti.
–¡Ni tu misma te lo crees! ¡Jajajajaja! ¡Ay! –terminó quejándose Sandra.
–¿Amor? ¿Qué tienes? ¡Llama a una enfermera, Yoka!
Días después la familia recibió aquella noticia que esperaban desde hacía más de cuatro meses. Tenían un donante.
–¡Oh! ¡Por Dios! ¡Gracias Dios! –eran las expresiones que más se escuchaban entre tanta algarabía.
Ese mismo día en la noche, antes de acostar a su pequeño hijo, el padre, Sebastián, se derrumbó momentáneamente.
–Robert, cuando tu hermanita o hermanito nazca serás el hermano mayor... Debes cuidar siempre de él o ella, ¿entendido?
–Sí, papi.
–Y a tu mamá también –especificó.
–¡Claro que sí!
–Y cuando seas grande y yo ya no esté, debes velar por tu mamá, que no le falte nada, porque ella ya estará viejita y no podrá trabajar, pero debes quererla siempre.
–Por supuesto, papi, yo la amo –aseguró el pequeño.
–¿Y a mí? ¿Me amas? –preguntó el padre conmocionado.
–Sí, papi, ¡claro que sí!
–Ven, dame un abrazo –el joven padre de aquel pequeño le extendió sus brazos para recibirlo–. Te amo campeón –le susurró al oído, al borde de las lágrimas.
–Yo también te amo, papi –el niño miró el rostro de su padre, iluminado por la luz del pasillo.
–Recuérdalo siempre. Te amo a ti, a tu mamá y a tu pequeño hermanito –dijo sin poder contener el llanto por más tiempo.
–Sí, papi, pero ¿por qué lloras?
–Porque los amo mucho.
Al día siguiente era la operación, los doctores y las enfermeras iban de un lado a otro preparando todo.

–¿Ya tienen la sala de cirugía lista?
–Sí, doctor, y están trayendo ya a la paciente.

–La anestesia ya hizo efecto, doctor.
–Recuerden que está embarazada, mediquen con cuidado.

–Escarpelo, enfermera.

–¿Ya está en marcha el aparato de circulación?
–Sí, doctor.
–Conéctenla.

–Tengan a mano el corazón sano, voy a sacar este.

–¡Corazón!

–Suture, enfermera...

–Los signos vitales están cayendo...
–¡Está entrando en paro! ¡El desfibrilador!
–Tenga.
–¡Despejen! ¡Otra vez! ¡Despejen!
–¡Hay pulso! Los signos vitales se están elevando.

El equipo médico que trató el caso salió agotado de la sala de cirugías, el doctor que llevó el caso de esa paciente durante los últimos meses se dirigió a la familia para comunicarles el estado de esta.
–La operación salió bien, ahora la trasladarán a la UCI –decía como un autómata, y no sabía si era el cansancio o su conciencia quien le reclamaba–, es posible que no despierte en un par de días, pero mantendremos el control sobre su estado, deben recordar que luego ella tiene que someterse a un tratamiento, debemos seguirla tratando para evitar que rechace el corazón, además de que el parto tendrá que ser por una cesárea, obviamente. Y después de todo eso deberá seguir asistiendo a controles programados durante dos años, aproximadamente. Todo esto como medida preventiva por si... –pero fue interrumpido por Yokasta, la hermana de la mujer a quien acababan de operar.
–Cállese... –siseó esta–. ¡Maldito bastardo! ¡Usted lo sabía! –empezó a alterarse.
–Yokasta, tranquilízate, por favor –trató de calmarla su pareja.
–¡No, Carlos! ¿Cómo coñazo quieres que me tranquilice cuando este pelafustán sabía lo que estaba pasando y no nos dijo nada? Usted... –y señaló al doctor–. ¡Maldito! ¡Mal nacido! ¡Porquería de hombre!
–Enfermera, suminístrele un sedante, inmediatamente –solicitó el médico.
–Ojalá se pudra en el infierno... Se lo... merece... –dijo la joven antes de ser arrastrada por el potente somnífero.
Tres días pasó Sandra en la Unidad de Cuidados Intensivos sin reaccionar, pero siendo vigilada muy de cerca por los doctores; la mañana del cuarto día los médicos consideraron que se encontraba suficientemente estable para pasarla a planta y así lo hicieron.
–¿Hola? –dijo con voz pastosa y ronca al despertar.
–¡Mami! Qué bueno que ya despertaste... –se le acercó su hijo, el cual no se había apartado de ella desde que la trasladaron.
–Hola, cariño... ¿Qué te pasa? Tienes los ojitos rojos –se percató–, ¿estabas llorando?
El niño la miró y no pudo más que asentir como respuesta, pues se ahogaba en llanto nuevamente.
–Cariño, ¿qué pasa? No me asustes.
–Ya despertaste, Sandra... ¿Cómo te sientes? –cuestionó Yokasta al entrar a la habitación, ignorando la escena.
–¿Qué está pasando? Robert ha estado llorando... Y tú también –notó que su hermana también tenía los ojos hinchados–. ¿Qué está sucediendo, Kata?
–Toma –le tendió un papel doblado mientras ahogaba un sollozo.
–¿Qué es esto?
–Es de Sebas –le dijo como toda respuesta.
–A todo esto, ¿dónde está él?
–Léelo... –le instó antes de que le fallara la voz.

–¡Oh, por Dios! Dime que no es cierto Kata, dime que no, por favor... –sollozó.
–Sebas fue tu donante –dijo llorando.

En el papel que quedó desechado se leía:

Cuando te dije que daría todo por ti, no mentía. Mi corazón te pertenece, lo sabes. Siempre fue tuyo, desde el primer día. Y hoy lo es más que nunca. Hoy y siempre. Te amo.
S.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado en algún punto de 2013, según muestran los registros, y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

El Mamey

Un día como cualquier otro visité El Mamey, un campo poco más allá de Higüey, pensé que sería de lo más aburrido, nada entretenido. Me equivoqué, disfruté mucho mi estadía en aquel lugar al que fuimos.
No lo sé, ignoro si todo El Mamey es así, bello y cuidado y hermoso; pero a partir de aquel día, para mí El Mamey es a donde fui; subiendo una loma cubierta de joven y verde césped, se elevaba una hermosa casa.
Hermosa casa sí, pero igual de hermoso el espacio a su lado, un fogón, una cocina de campo, de una belleza nítida pero poco apreciada. La casa te la podrías encontrar en medio de la ciudad, pero aquel espacio techado donde compartimos sólo estaba allí.
La belleza de lo que para mí es El Mamey no sólo reside en aquel lugar de cobijo, sino también en sus alrededores. Desde el exterior, en donde te pares, tienes una vista hermosa.
El suelo es verde y fértil, hay unas cuantas matas de cerezas y mangos, también hay una empalizada más allá, y detrás de esta decenas de alimentos y frutos. Debajo de esa tierra hay sustento para el que lo sabe buscar, y también lo hay para el que sólo ve hacia adelante y no repara en donde pisa.
La caña más dulce la comí en El Mamey, eso es mucho, siendo que vivo rodeada de caña, pero cierto. Dulce, jugosa y suave.
En el horizonte se mezclan cielo y nubes y montañas. Me entristezco al partir, dejo El Mamey atrás, con su cocina de campo y su caña y su horizonte... Y lo añoro hasta el día que vuelva.

Escrito por: Gisselle Beras


Creado en algún punto de 2013, según muestran los registros, y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

Lucía

Para ti. Te amo, Pá.



La mayoría (para de entrada no decir que todos) de los libros, las películas, las telenovelas y todas las demás historias que se cuentan comienzan con algo importante, interesante. Bueno, casi nunca es importante, o interesante, pero es lo que detona lo verdaderamente importante e interesante. Es un hecho cotidiano y nada fuera de lo común, algo que no tomarías en cuenta como para pensar que por medio de eso tu vida cambiará.
A Sierva María la mordió un perro, gran cosa. Katniss estaba cazando, ¿acaso no lo hacía a diario? Hanna estaba durmiendo y Tom quería sexo, ¿normal, no? Bueno, la historia de Blancanieves comienza cuando ella nace, pero salta años y años hasta los hechos.
Los hechos. Es esa etapa desde donde se comienza a narrar. Película, libro, trilogía, saga, lo que sea, pero comienza a partir de un punto. Ese suceso que da un giro de 180 grados a la vida del protagonista.
Mi vida no será la inspiración de algún libro, una película o algo por el estilo. Es más, ni siquiera el algo que llame la atención de alguien como para entretenerse. No formará un libro porque no tengo aventuras interesantes, pero es mi capítulo.
Quizás algún día alguien quiera leerlo. Posiblemente no, pero yo quiero escribir este capítulo de mi vida para poder cerrarlo. Una manera de cicatrizar, supongo.



Mi nombre es Jorge Ramírez, tengo 26 años y soy enfermero en el hospital público del centro.
Mis hechos comienzan de una forma muy simplona. Un compañero del trabajo me pidió cambiar de turno porque tenía que ir a una reunión en la escuela del hijo.
La mañana de ese martes, porque era martes, mi rutina fue la de cualquier otro día hasta las diez de la mañana. Desperté, desayuné, me bañé y cepillé, me vestí y peiné y salí para el hospital, no necesariamente en ese orden. Todo normal hasta las diez de la mañana.
No diré que cuando la vi mi mundo se paralizó, mi corazón paró y empecé a hiperventilar. Si lo digo miento. Ella no causó ninguna impresión así en mí. Me pareció bastante rutinario verla. Pálida, ojerosa, delgada y un poco demacrada, si a esas vamos. Era un hospital, no se puede esperar que los enfermos lleguen despampanantes como si estuvieran en una pasarela. No pueden, están enfermos y por eso van al hospital.
El caso es que yo sería el enfermero encargado de llevarla a donde el doctor. La pobre estaba en silla de ruedas porque no tenía fuerzas para caminar.
La llevé y me olvidé de ella durante el resto del día, y la semana también.
Si dije que ahí empezaron los hechos fue porque en ese momento la conocí, aunque no supiera que los hechos habían empezado.
Ni supe, ni pensé ni me interesé en ella durante toda la semana y no fue sino hasta el jueves de la semana siguiente que volvió a mi mente.
La internaron y como estaba en el turno nocturno me tocó atenderla de noche. Así supe su condición y su nombre.
Lucía, así se llamaba, padecía de una leucemia terminal y poniéndolo en palabras llanas no tenía salvación alguna. Habían logrado hacerle un par de trasplantes de médula que le regalaron unos meses de vida, pero luego su cuerpo las rechazaba y empeoraba terriblemente.
Tenía 22 años y había decidido morir en paz. No más quimio, radio ni trasplantes. Que si consiguen otra médula se la den a otro, me dijo una vez.
Ella murió. Tal vez te arruiné la historia porque tenías esperanzas de que ella viviera y fuésemos felices, pero debiste sospechar que si esto era un capítulo, encima para cicatrizar y cerrar y blablablá, ella moría. Sin embargo, fuimos felices, dentro de lo que cabe. Aunque también fui, y soy, malditamente miserable.
No diré que la amé. Pero lo hice. No tenía intención de hacerlo, es decir, ni amarla ni decírselo a usted.
Puede pensar que estoy siendo demasiado inconexo pero lo que necesito es vaciar mi mente, tal vez después lo arregle. Posiblemente no, no necesito ver esto de nuevo ni pensar en cómo mejorar las palabras con que narro la muerte ni los días que pasé con Lucía.
Porque fueron días. Pocos para mí. Si se calculan por días suenan muchos pero no. Empiezo a contar desde que me asignaron como su enfermero personal (porque así lo quiso ella).
A partir de ahí empecé a conocerla. Hablamos, la veía, y con el transcurso de los días descubría que debía ser hermosa físicamente sino tuviera todas las marcas de la enfermedad encima.
Le acariciaba el pelo, que lo tenía muy corto. Sólo lo que le había crecido luego de las quimio. A ella le gustaba y sonreía. Lo hacía débilmente porque no tenía fuerzas, pero era muy bonita.
Cuarenta días. Esos fueron los días que pasé con ella. No la conocí. Para conocer a alguien no bastan años. No me enamoré, yo pasé directo a amarla. Sabía que no tenía tiempo. Menos mal que la amé. No me hubiese perdonado si hubiera perdido el tiempo enamorándome para amarla después que muriera. Me hubiera odiado totalmente sino le hubiese dicho te amo.
Para cualquier persona cuarenta días no es mucho. Para mí tampoco lo fue. Pero agradezco haber tenido esos cuarenta días. Otra vez no mentiré y no diré que fueron los mejores días de mi vida.
Ciertamente no los fueron. Sí, fui feliz con ella, fui feliz por haberla conocido. Me reí y lloré. Ahí, con ella. Ambas. Lloraba y reía frente a ella. Hacía mal, me condenarás alegando que no debía llorar frente a ella. Pero no es así. Tú no sabes nada.
Ella había tenido tiempo de llorar, lamentarse y quejarse. Yo no. Así que a ella no le importaba que yo llorara. Ella lo había aceptado y me ayudó a aceptarlo.
Ella me amó. Quizás eso fue lo mejor de todo.
Estaba yo a su lado. En una silla, bastante incómodo, mientras dormía y sostenía su mano. Ella también dormía, lo sé. Sentí un apretón en mi mano y desperté. Mi sueño se había hecho bastante ligero en esos cuarenta días.
Me dijo que mientras dormía sintió que se empezó a morir de verdad y por eso se despertó. Y me despertó. Ella quería estar conmigo y sabía que yo quería estar con ella. Y viceversa. La miré y le dije que me avisara. No pasaron ni dos minutos cuando asintió, me acerqué y cerré los ojos en el camino.
Le di un beso como el primero que compartimos. Me alejé y con la mano libre cerré sus ojos.

Escrito por: Gisselle Beras


Creado en algún punto de 2015, según muestran los registros, y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

El Club Secreto de la Ventana del Baño (CSVB)


A Sarah,
Porque ella me habló sobre
“El Club Secreto de la Ventana del Baño”.



Nombre de la institución: Club Secreto de la Ventana del Baño
Miembros: 1
Presidenta: Lucía Méndez
Secretaria: Lucía Méndez
Cualquier otro puesto que aparezca: Lucía Méndez
Misión: Brechar al vecino del patio de atrás
Visión: Lograr hablar con el vecino del patio de atrás
Valores: Todos los que me le inculcaron mis padres sus padres a Lucía Méndez



Tenía 15 años ese día en específico cuando fui al baño de invitados que estaba bajo la escalera de mi casa. Era por la tarde y hacía calor. Estando sentada en el inodoro, escuché cuando alguien dijo “¡Fo! ¡Te tiraste un peo!”. Pero no era verdad. Yo sólo estaba haciendo pipí. En lo que me lavaba las manos comprendí dos cosas.
La primera, la voz venía de mi ventana. La segunda, que no fue a mí a quien acusó. Una segunda voz le contestó, diciendo “Mira, asqueroso, fuiste tú y ahora me quieres echar la culpa a mí”. Luego, la primera voz se rió.
Me quedé un rato más, pero no volvieron a hablar.
Regresé al día siguiente y el día siguiente a ese y el resto de la semana. Todos los días en la tarde Voz, así lo bauticé, estaba ahí. A veces solo, a veces acompañado. Me daba cuenta cuando estaba solo porque le gustaba leer en voz alta. Tiempo después empezó a estudiar inglés y yo casi me moría intentando aguantar la risa cuando decía trabalenguas y terminaba mordiéndosela.
Lo hice una rutina. Iba todos los días a la misma hora al baño. Si Abuela me hubiera visto, habría dicho que tenía un reloj en el culo. Pero yo usaba el baño con otros propósitos. Además, nadie me cuestionaba. Esteban estaba en la universidad, Karen escuchando música o donde sus amigas, y Mamá y Papá en el trabajo.
A Voz le gustaba mucho leer. Empecé a buscar los libros que él leía para leerlos yo también y no perderme. Jugaba mucho con su hermanita pequeña. Supe que estaba terminando el colegio, así que supuse que tendría más o menos 18 años.
Pasé tanto tiempo ahí que bauticé ese baño como la sede del Club Secreto de la Ventana del Baño. No podía verlo porque la ventana era muy alta y estaba cubierta por un pedazo de mata. Pero lo oía. Él reía mucho. A veces tenía la impresión de que sabía que yo estaba ahí escuchándolo porque solía pensar mucho en voz alta, como si quisiera que yo lo escuchara.



Yo nunca hablaba. Pasara lo que pasara, esa media hora que permanecía allí, yo nunca hacía ruido. Ni hablar, ni reír, ni toser. Nada.
Hasta el día en el que supe su nombre.
Ya habían pasado, exactamente, un año, siete meses y 23 días desde que empecé a escuchar. Tampoco soy tan loca para llevar la cuenta día por día. Pero las cosas importantes se escriben. Obviamente, había escrito sobre el día en que lo escuché por primera vez. Así que saber cuánto tiempo había pasado desde ese momento hasta que supe su nombre sólo era cuestión de restar y sumar.
Su nombre era Raúl.
No supe el apellido. Eso ya era demasiado pedir.



Sucede que yo estaba esperando a, en ese momento, Voz. Se había retrasado unos minutos, lo cual me encontré muy extraño.
Cuando al fin empecé a escuchar movimiento del otro lado, escuché varias voces. Eran Voz y alguien más. Una voz desconocida. Ni su hermana, ni su mamá, ni nadie que hubiera escuchado antes.
–Vamos, pana –dijo la voz desconocida–. Dale una proba’íta y tú vas a ver que te gusta.
Voz 2 empezó hablando muy alto. Pero a medida que se fue acercando a la ventana del baño, o más bien, alejándose de la casa, fue bajando la voz. Aun  así, los podía escuchar cuchicheando. Me los imaginé pegados a la pared del patio. Sus voces se escuchaban justo debajo de la ventana. Supuse que si la pared no estuviera de por medio, estaríamos frente a frente.
–Te dije que no. No voy a probar ni un chin ni na’ de esa vaina –dijo Voz.
Parecía que le había insistido mucho ya, porque sonaba como si le hubieran repetido lo mismo una y otra vez.
–Pero que te digo que eso te va a ayudar –siguió insistiendo voz 2.
Ya me estaba haciendo una idea de qué era lo que le estaban ofreciendo a Voz y sólo rogaba porque no lo aceptara. Voz 2 continuó.
–Con todo el estrés que tú tienes encima con to’ esa vaina de que tu papá le pegó los cuernos a tu mamá y que…
Voz 2 no pudo terminar porque Voz estalló.
–¡Carajo! Deja de joder la paciencia, hijo de tu ma’i. Ya te dije que yo no quiero tu maldita vaina. Lárgate de aquí. ¡Juye! Que e’ pa’ hoy que te quiero fuera de mi casa.
Nunca había escuchado a Voz tan molesto, y nunca antes lo había escuchado diciendo una mala palabra.
–¿Qué e’ lo que tú dice’? A mí no me hable’ así, ¡coño! Tú sabe’ muy bien que lo que yo te dije e’ verdá’. To’ el mundazo en el barrio lo sabe.
No sé por qué me imaginé al tipo ese sonriendo.
–Ya déjalo, Eric –dijo una voz que no había hablado hasta el momento.
–Sí, no vale la pena –continuó voz 2–. Seguramente esta no es la primera vez que pasa algo así, y él mismo es un cuerno que le pegó su ma’i al que es di’que su pa’i.
Empezó a reír y el otro desconocido lo siguió, pero eso no duró ni 20 segundos.
Yo sólo oí el pum.
Supongo que fue el puño de Voz, pero no puedo asegurarlo. No sé dónde le pegó al tipo aquel, pero cuando este y el otro reaccionaron y empezaron a vociferar, ya Voz había hecho contacto con alguna parte de su cuerpo cuatro veces. Y sonaba como que daba duro.
–¡Raúl, suéltalo que lo va’ a matar! –dijo voz 3.
–Déjalo al pendejo e’te, que me mate. A ve’ si lo meten preso.
–¡No!
Me tapé la boca antes de darme cuenta de que quien había chillado “¡No!” había sido yo.
Por alguna razón cerré los ojos y esperé. Afuera no se oía nada. Supongo que no habrían sospechado de mí porque la mata tapaba la ventana, pero aun así yo estaba muy nerviosa.
–Mierda, ¿qué fue eso? –preguntó voz 2. Deduje que Raúl lo había soltado porque se escuchaba más alto.
–Quizás fue su conciencia que le dijo que no te matara, Eric –aportó voz 3.
–¡No seas pendejo, Wilmer! ¡Si fuera su conciencia no podríamos escucharla!
Menos mal que ya estaba en el baño, por si se me salían los pipís, pensé. Mi mente racional no estaba funcionando muy bien en ese momento.
–Lárguense –dijo Voz.
Después de eso, escuché cómo salían todos del patio. Duré casi quince días sin volver al baño para nada. Incluso cuando estaba viendo televisión en la sala y sentía ganas de ir al baño, prefería subir al del segundo piso.
Esa noche, después de que cené y se me pasó el susto, estaba viendo televisión en el cuarto de Mamá y Papá. Tuve una epifanía. Aunque, siendo sincera, epifanía no es el término adecuado, pero suena más chulo que “caí en cuenta”. El caso es que “caí en cuenta” de que Voz ya no era más Voz. Voz era Raúl. Ya podía darle un nombre de verdad a la voz. La emoción del momento hace que casi pegue un grito.
Pero luego recordé que hacía unas horas por poco me atrapaban y se me bajó la emoción.
Casi decidí no volver nunca más, pero un día que iba saliendo de la cocina, al pasar por el baño que estaba con la puerta abierta, escuché a Raúl jugando y riendo con su hermana.
El Club Secreto de la Ventana del Baño retomó sus operaciones cotidianas.



Tenía ya 17 años cuando vi a Raúl por primera vez.

Cuando Esteban se mudó solo, luego de terminar la universidad y conseguir empleo en otra ciudad, me dieron su habitación y Karen se quedó con la que había sido nuestra habitación desde siempre. La habitación de Esteban era más pequeña que la de Karen y mía. Mamá y Papá pensaron que al final preferiríamos quedarnos juntas o tendrían que rifar la nueva habitación porque ninguna querría renunciar a la más grande.
Por lo tanto, se sorprendieron cuando, muy entusiastamente, me ofrecí a tomar la habitación nueva. A Karen no le importaron mis motivos; mientras la más espaciosa fuera suya, ella no tenía inconveniente en que yo me mudara a uno de los armarios. Mamá y Papá no me cuestionaron más allá de preguntarme con cara de incredulidad si estaba segura. Cuando contesté que sí, Papá declaró el asunto resuelto.
Eso fue durante la cena. Al día siguiente era sábado. Papá me ayudó a mudarme. Tuvimos que pasar todas mis cosas, incluyendo la cama, porque Mamá y Papá le dieron todas sus pertenencias a Esteban, incluyendo la cama, el gavetero y todos los muebles de su habitación, para que se ayudara, según ellos. Al final del día mi habitación era un desastre todavía, pero habría tiempo para organizar después.
Mi prioridad en ese momento era arrimar una silla a la ventana para esperar que Raúl llegara a su patio. Estaba muy emocionada porque luego de tanto tiempo lo vería por fin.
Supongo que parecerá estúpido de mi parte haber esperado tanto tiempo para intentar ver a Raúl. El caso es que ya lo había intentado antes y fallé.
Cuando recién había empezado a escuchar por la ventana del baño intenté verlo por la ventana de la habitación de Esteban. Fui dos días, pero Esteban me atrapó. El primer día entró al cuarto cuando yo estaba buscando una silla y pensó que estaba hurgando entre sus cosas. La segunda vez, Esteban no estaba en casa. Estaba a punto de llegar a la ventana cuando él entró a buscar algo que se le había quedado.
Dado que no tenía una excusa creíble y no podía decirle la verdadera razón por la que estaba allí, me vetó de su habitación. Para asegurarse que no entraba se encargaba de cerrar su puerta con llave. Así, pues, perdí mi oportunidad. Hasta que él se fue de la casa, claro.

Raúl no me decepcionó. Llegó puntual, a la misma hora de todas las tardes. Llevaba una mochila en la espalda, era más alto que yo, pero eso no era mucho decir dada mi estatura. En valor absoluto no se podía considerar alto, sino de estatura media. Iba despeinado. Su pelo era castaño y estaba más largo de lo que había imaginado que estaría. Llevaba un poloshirt holgado y jeans azules. Iba en calipsos. Parecía que acababa de llegar de la universidad.
Se sentó en el único banco del patio. Ese que estaba debajo de una hermosa mata de mango, que vi completa en ese momento por primera vez y no sólo sus hojas. Más importante aún, el banco quedaba justo debajo de la ventana del baño.
Lamentablemente para mi situación, el banco también quedaba debajo de la ventana de mi nueva habitación y lo perdí de vista en cuanto se sentó.
Su mamá lo llamó y él entró en la casa de nuevo. Cuando volvió a salir, llevaba un sándwich en una mano y un vaso de jugo. También deduje que no era muy asiduo al gimnasio. Pero, aun así, se veía apapuchable.
Cuando regresó al banco y lo perdí de vista otra vez, me tiré en la cama.
Había pensado que el Club Secreto de la Ventana del Baño se convertiría en el Club Secreto de la Ventana del Cuarto, pero aquí ni lo veía ni lo oía. Siendo así no funcionaría.
A pesar de lo mucho que me gusta el mango, me decepcionó que esa mata estuviera justo ahí. “Ni modo”, pensé. “Me tocará volver al baño”.
Me fui con ese pensamiento a la cama.



Estaba durmiendo y estaba soñando. Ese momento que sabes que estás soñando y no quieres despertar porque el sueño está bueno y sabes que si abres los ojos no podrás volver al sueño y continuar y, peor todavía, lo olvidarás. Así estaba yo unos segundos antes de despertar al día siguiente. Cuando desperté olvidé el sueño.

Yo estaba sentada en el banco. La mata encima de mí. Giré la cabeza y vi la ventana del baño. Quizás lo más raro del sueño hubiera sido conocer esa perspectiva sin haber estado en esa posición antes sino me hubieran caído los mangos encima. El banco se llenó de mangos, cayeron de él, pero ninguno me golpeó la cabeza. Y seguían cayendo.
Miré hacia arriba y vi la cara de Raúl. Sus cachetes estaban colorados. “Por más que te gusten no te puedes comer todos estos”, me dijo y sonrió.
Mamá me llamó y desperté.

No recordé el sueño hasta que vi a Raúl en la iglesia esa mañana. Nosotros íbamos todos los domingos y nunca lo había visto. Según supe después, lo invitaron ese día. Cuando todo el mundo se estaba despidiendo, me envalentoné, me acerqué y lo saludé.

Ya era hora de que el Club Secreto de la Ventana del Baño dejara de ser tan secreto y admitiera otro miembro.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado el 23 de febrero de 2016, según muestran los registros, y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Tardanza

Elena caminaba rápidamente por la calle atestada de gente. Llegaba tarde y no era la primera vez en la semana; mucho menos en el mes. Bajó a la estación y cuando intentó cruzar la barra de metal, para llegar a la plataforma, por poco cae al suelo. Bufando molesta se dirigió a la taquilla a recargar su tarjeta. Tardó cinco minutos, rezando para no perder el metro, y cuando al fin logró pasar la barra de metal bajó corriendo por las escaleras. En el mismo instante en que llegó el vagón se le resbaló la cartera del hombro y dejó salir algo de su contenido. Maldijo entre dientes y recogió sus pertenencias rápidamente. Ya sea por torpeza o mala suerte se le cayó el abrigo en cuanto se enderezó. Justo cuando iba a agacharse para recogerlo, una mano se lo tendió y otra la empujó hacia el vagón.

Cuando por fin estuvo dentro del vagón, segundos antes de que cerraran las puertas, se dirigió al buen samaritano que la ayudó hacía un momento. Este era un chico más alto que ella y desgarbado. Le sonrió y le agradeció. Él le devolvió la sonrisa y se ignoraron cordialmente durante el resto del viaje. Elena bajó tres estaciones después y dejó al desconocido continuar su viaje.

Llegó a la oficina quince minutos tarde, saludando y tratando de pasar inadvertida para América, su compañera que siempre le recordaba la hora correcta de llegada. Estuvo todo el día yendo y viniendo por el edificio, llevando papeles que debían ser firmados, proyectos que debían ser aprobados y organizando la fiesta de aniversario de la empresa. Para la hora de la comida su jefe había aprobado el presupuesto para la fiesta, había conseguido el salón del hotel indicado, había llamado a su madre y se había tomado los antigripales. La tarde le deparaba menos ajetreo.

Cansada y preguntándose por qué debía ir al trabajo con tacones esperaba pacientemente la llegada del metro. Estaba agotada, la tarde no había sido tan poco ajetreada como había esperado e imaginado. Y aun debía ir a la reunión con sus amigos. Reunión donde intentarían emparejarla nuevamente con alguien a quien no conocía y en quien no tenía el más mínimo interés. Pero primero iría a su casa y se daría un baño reconfortante. Lo necesitaba si quería sobrevivir la noche. Disfrutarla no, para eso necesitaba dormir y descansar. Sueño un poco lejano e inalcanzable por el momento, pensó con amargura.

Cuando el vagón se detuvo frente a ella, subió automáticamente. Debido a la hora estaba repleto de gente que, al igual que ella, salía de su trabajo. Consiguió un lugar al lado de la puerta, junto a los asientos, y se sostuvo de un tubo. Una mano le tocó el brazo para llamar su atención. Cuando giró el rostro se encontró con el joven desconocido de la mañana, que le ofrecía su asiento. Pensó, por un momento, que no era justo que se sentara cuando, de seguro, él también estaba cansado. Pero fue sólo un momento y luego el pensamiento fue desechado cuando sus pies se hicieron sentir.

Nuevamente le sonrió agradecida al joven y tomó asiento. Mientras que él se colocaba en su antiguo lugar. Además de alto y desgarbado, el chico era lindo de una manera singular. Sólo yo podría pensar que alguien es lindo de una manera singular, se rió internamente. Tenía cierto aire encantador, o quizás fuera el hecho de que la había ayudado en la mañana y ahora le cedía su asiento. Sus ojos eran de un marrón claro, su pelo marrón oscuro y ondulado. Elena desvió la vista, pues lo había estado mirando fijamente por un momento.

Su nariz tenía personalidad y su cara imberbe lucía suave. Supuso que debería tener su misma edad y se preguntó por qué no tenía barba. De repente, o quizás no tan de repente, quiso saber su nombre y, aunque no era su costumbre en absoluto, quiso darle su número o pedirle el suyo. Cualquier cosa que los mantuviera en contacto.

En el momento en que iba a decirle “oye, ¿y tú cómo te llamas?” se escuchó el altavoz anunciando la estación anterior a la suya. Giró la cabeza un momento a la pantalla que anunciaba el recorrido y cuando la regresó a donde estaba vio con decepción y sorpresa que el extraño estaba bajando allí. Justo en el peor momento, se dijo. Encima se enfurruñó, porque se suponía que él bajaría junto con ella; en esa misma estación había subido en la mañana. Era de esperar, pero no sucedió.

Se bajó en la siguiente parada y caminó las dos cuadras que la separaban de su apartamento. Llegó, encendió las luces, soltó la cartera y se deshizo de los zapatos. Se desvistió rápidamente y se metió al baño. Luego de veinte minutos salió desnuda y se colocó la ropa interior. Eligió algo cómodo que ponerse y se calzó unas zapatillas extremadamente cómodas y afelpadas por dentro. Se preparó un sándwich, ya que no aguantaría el hambre hasta llegar a casa de Nicole. Tomó las llaves, el celular y algo de dinero y lo repartió en sus bolsillos. Fue comiendo durante el camino al metro.

El viaje en metro fue agradable, ya que consiguió un asiento libre enseguida, y corto, porque sólo era a una estación de distancia. Una esquina después de bajar el metro tocó el timbre en el apartamento de Nicole. Desde donde estaba se escuchaba la música y las risas de sus amigos y eso la animó un poco. Raúl abrió la puerta y la recibió con una sonrisa muy agradable. Le dio un beso en la mejilla, saludó y entró.

–Están todos en la cocina. Excepto tu futuro Romeo –le indicó, caminando hacia la mencionada habitación.
–No seas idiota –respondió Elena, pasando por su lado y dándole un manotazo suave en la cabeza a modo de juego.

No era la primera vez que trataban de organizarle una cita a ciegas, o algo parecido. Ella era la única de su grupo de amigos que seguía soltera. Carla y Raúl estaban juntos desde hacía once meses y Raúl ya había comprado el anillo para pedirle matrimonio a Carla. Nicole estaba con un chico que conoció en un viaje a Santiago y estaban tratando verse lo más posible. Y, finalmente, Víctor estaba enamorado de Claudia. Y luego estaba ella, quien nunca había tenido novio. Y lo que era peor, según sus amigos, por voluntad propia. Hubieron tres potenciales candidatos que llegaron por sus propios pies y unos cuantos más que sus amigos trataron de meterle por los ojos. Pero a todos los rechazó por distintas razones. No ha llegado el adecuado, les decía ella. Cuando viene a ver se perdió, rebatían ellos. Llegará cuando tenga que llegar, los tranquilizaba ella.

–¡Aquí está nuestra amiga jamona! –celebraron su llegada.
–¡Oh, por Dios!
–Ya verás que este sí te va a gustar –le indicó Nicole –. Es muy lindo y me parece que es tu tipo.
–Yo no tengo un tipo –le llevó la contraria.
–Sí lo tienes –aportó sabiamente Víctor y Claudia asintió.
–Te gustan que sean al menos un poco más altos que tú, pelo rizado o por lo menos no lacio, nariz… Bueno, nariz con personalidad, como tú las llamas. No sé cómo interpretar eso –enumeró Carla un poco confusa al final.
–Ok, ya entendí el punto. Y si es así entonces conocí al chico de mis sueños esta mañana en el metro –dijo Elena sin pensar.

Y luego se arrepintió. Hicieron un círculo a su alrededor y la interrogaron con la mirada. No es nada, les aseguró, pero insistieron. Entonces no tuvo otra opción que contarles lo de sus dos sosos encuentros con el extraño del metro. Cuando se vieron complacidos con la narración y descripción del “detallado encuentro con su sexy nuevo amante”, como denominó Claudia, la dejaron en paz.

–Por cierto, tu nuevo Romeo no se llama Romeo. Se llama Julián –declaró Nicole.
–Gracias por aclararlo. Así cuando lo conozca no le diré: Tu eres Romeo y yo seré tu Julieta –dijo con voz dramática y los chicos rieron entusiasmados.

El timbre sonó y Elena imaginó que sería Julián, quien era el único que faltaba. Víctor, que es quien conocía a Julián, fue a abrir. Gritó que ya iba y antes de salir de la cocina dio media vuelta. Se dirigió a Elena y le dijo, “por cierto, linda, Julián es mudo”. Sonrió, una sonrisa de disculpa por no haberle dicho antes, y ella se quedó con los ojos abiertos de la impresión. Vio a los chicos y se dio cuenta que ya lo sabían.

Los chicos salieron de la cocina a recibir a Julián. Víctor volvió a la cocina y la miró apenado. Lo único que se le ocurrió a Elena preguntarle es por qué no le había dicho antes.

Él se disculpó, esta vez en voz alta, y le explicó que no quería que fuera a rechazar a su amigo sin antes conocerlo, sólo por no poder hablar. Que el chico estaba muy entusiasmado por conocerla, que él le había hablado mucho de ella. Que lo sentía mucho, pero que no le echara la culpa a Julián, quien no tenía nada que ver.

De todo lo que había dicho y hecho, lo que más le había molestado a Elena era que asumiera que ella no querría saber nada del chico porque era mudo. Sólo por eso y ya. Así se lo dijo y él se dio cuenta de que ella estaba enojada. Quizás fuera porque estaba hablando en susurros contenidos o por la forma en que lo estaba mirando, el caso es que se dio cuenta de que estaba muy enojada, bastante.

Elena salió hecha una furia de la cocina y dejó a Víctor mirando al piso. Su salida dramática se echó a perder cuando regresó a la cocina, cogió un vaso y se sirvió agua.

–Al fin y al cabo tu amigo no tiene la culpa de que seas un estúpido –dijo mientras tomaba agua y se serenaba.
–Eres la mejor. En verdad lo siento, perdóname. No pensé que fueras a hacer eso. El problema es que ya van varias veces que le pasa lo mismo.

Asintió y salió otra vez. Cuando hizo su salida teatral hace un par de minutos no se percató de que la cocina daba directo a la sala y que en esta estaban todos. Quienes ahora la miraban curiosos, por lo que Elena se sonrojó. Rápidamente paseó la vista por la habitación para encontrar a Julián, quien estaba en un sofá de dos plazas y resultó ser el extraño del metro. Sus ojos se abrieron a más no poder y cuando se vino a dar cuenta tenía las mejillas tan calientes que se puso las manos en los cachetes para enfriarlas.

¡El chico del metro de esta mañana estaba ahí y era su cita a ciegas!

Se acercó a él, le sonrió tímidamente y él le devolvió la sonrisa del mismo modo. Se sentó junto a él, que segundos después se agachó lejos de Elena. Esta lo miró extrañada por su actitud y procedió a olerse debajo de los brazos. En esas estaba cuando él volvió a erguirse. Y allí, con la nariz metida bajo el brazo izquierdo, Elena le sonrió otra vez. El se rió, silenciosamente. Y ella sonrió más abiertamente.

Los chicos volvieron a lo suyo y disimularon que no estaban averiguando. Julián tenía en las manos un bloc de notas amarillo y con rayas y un lapicero azul. Escribió algo y se lo mostró. “Supongo que Víctor recién te dijo que soy mudo”. Le contestó hablando; le dijo que sí y le aclaró que no estaba enojada porque le había traído por cita a un chico mudo sino porque pensó que ella lo rechazaría por eso. Luego, Julián le preguntó por qué se estaba oliendo el sobaco y ella le respondió que pensaba que él se estaba alejando de ella cuando se sentó y quería confirmar que no apestaba. “No, para nada. Al contrario, hueles muy rico”, le contestó él. Se pasaron la noche entera “hablando”. Al final, él la acompañó a su casa, y ella se sorprendió gratamente al saber que él vivía cerca de allí.

“La cita fue un éxito”, dirían días más tardes sus amigos. Ella estaría de acuerdo con ellos. No terminó con un beso en los labios frente a la entrada de su edificio, pero quedaron en que él le daría clases de lenguaje de señas. Y, “por algo se empieza”, dijo para sí en la soledad de su apartamento.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.