Sus padres, amigos y todos quienes la conocían le dijeron que era una locura estar con él. Que la diferencia de edad era muy grande, que ella era joven y él viejo. Muy viejo, según todo el mundo. Al menos para ella.
Nadie la comprendía. Bueno, nadie excepto el receptor de todas aquellas duras críticas. Él fue uno de sus principales, primeros y más fuertes opositores. Fue él el primero que dijo que aquello era una locura.
Pero también fue el primero que se resignó a la idea. Y es que ella era muy cabezota y, según sus propias palabras, sabía lo que le convenía y lo que no. No hubo quien le sacara de la cabeza que aquello, su relación, era correcta, buena y totalmente aceptable.
Tampoco comprendía porqué todos se oponían a tal unión. No era la primera vez que sucedía ni sería la última.
Cada día se daba en el pecho por las veces que miró sin comprender las relaciones entre personas con una gran brecha en la edad. Es cierto que a toda regla hay excepciones.
–Estoy muy nerviosa –confesó.
–Es normal –la tranquilizaron.
–¿Te ha sucedido alguna vez que sientes el estómago vacío pero no tienes hambre, pero a la vez sientes como que vomitarás todo lo que hay ahí a pesar de que lo sientes vacío? Así me siento yo.
Sus interlocutoras tan sólo sonrieron. A su vez ella mostró una tambaleante sonrisa.
Los hijos, su carrera, la vejez. Esos fueron temas que discutieron bastante y de los que hablaron en muchas ocasiones.
Que si tienes que ir al exterior a hacer tu maestría, pero yo tengo que quedarme trabajando. Pongámosle pausa, pues, y lo retomamos cuando yo vuelva. Perfecta solución, pero fueron dos años lejos. Separados.
Que quiero hacer un doctorado, pues yo te apoyo. Es que se aman. Pero, ¿y los demás? ¿Cómo que te vas de nuevo? ¿Es que no piensan casarse? Él se va a cansar. No, él lo entiende y me apoya. Tres años más.
Ya han pasado más de seis años desde que se hicieron novios, antes de que ella se fuera al exterior. ¿Para cuando es la boda? A este paso, no van a tener hijos. Pero si soy joven, dice confusa. Tu sí, le insinúan.
Mucho hijos, sí. Los habrá.
Al fin. ¡Al fin! Después de tantísimo tiempo, llegó el momento. Nuestro momento. Porque es nuestro y porque hemos caminado a nuestro paso. Sin importarnos las habladurías.
–Ayúdame con la cola y el velo. Está torcido ahí abajo.
–Es que arrastra mucho.
–No arrastra mucho, arrastra lo suficiente.
–Es que yo todavía no sé porqué no quisiste ponerte tacones –bufa.
–Porque así estoy más cómoda.
–Claro, lo sé. Y seguramente que tu futuro esposo no tenga seis pies de altura influyó en que sean tan cómodos.
Tan sólo le guiña un ojo antes de que tenga que salir. Y va detrás de ella, al fin.
Se supone que debería verse serena. Pero le duelen los cachetes a medio camino del altar. Hay una enorme sonrisa en su cara. Y él se ríe disimuladamente.
Veo mi sonrisa reflejada en su rostro. En todo su rostro. Sonríe con la boca, los dientes, los ojos, hasta con la nariz diría yo. Me está sonriendo con el alma, piensa.
Ella también le corresponde y le sonríe con el alma.
Ya tienen todo preparado. La luna de miel, el apartamento donde vivirán cuando vuelvan de la luna de miel. Están pensando en comprar una casa, pero aun están viendo y barajando opciones. Quieren prepararse para cuando la familia crezca. Ella está ansiosa por ello. Y él se encuentra muy emocionado por la idea.
–Acepto –y siente la cara caliente.
–Acepto –escucha su voz y lo ve a los ojos.
–Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Ya era hora. Se besan.
Escrito por: Gisselle Beras
Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.
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