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lunes, 18 de diciembre de 2017

Lucía

Para ti. Te amo, Pá.



La mayoría (para de entrada no decir que todos) de los libros, las películas, las telenovelas y todas las demás historias que se cuentan comienzan con algo importante, interesante. Bueno, casi nunca es importante, o interesante, pero es lo que detona lo verdaderamente importante e interesante. Es un hecho cotidiano y nada fuera de lo común, algo que no tomarías en cuenta como para pensar que por medio de eso tu vida cambiará.
A Sierva María la mordió un perro, gran cosa. Katniss estaba cazando, ¿acaso no lo hacía a diario? Hanna estaba durmiendo y Tom quería sexo, ¿normal, no? Bueno, la historia de Blancanieves comienza cuando ella nace, pero salta años y años hasta los hechos.
Los hechos. Es esa etapa desde donde se comienza a narrar. Película, libro, trilogía, saga, lo que sea, pero comienza a partir de un punto. Ese suceso que da un giro de 180 grados a la vida del protagonista.
Mi vida no será la inspiración de algún libro, una película o algo por el estilo. Es más, ni siquiera el algo que llame la atención de alguien como para entretenerse. No formará un libro porque no tengo aventuras interesantes, pero es mi capítulo.
Quizás algún día alguien quiera leerlo. Posiblemente no, pero yo quiero escribir este capítulo de mi vida para poder cerrarlo. Una manera de cicatrizar, supongo.



Mi nombre es Jorge Ramírez, tengo 26 años y soy enfermero en el hospital público del centro.
Mis hechos comienzan de una forma muy simplona. Un compañero del trabajo me pidió cambiar de turno porque tenía que ir a una reunión en la escuela del hijo.
La mañana de ese martes, porque era martes, mi rutina fue la de cualquier otro día hasta las diez de la mañana. Desperté, desayuné, me bañé y cepillé, me vestí y peiné y salí para el hospital, no necesariamente en ese orden. Todo normal hasta las diez de la mañana.
No diré que cuando la vi mi mundo se paralizó, mi corazón paró y empecé a hiperventilar. Si lo digo miento. Ella no causó ninguna impresión así en mí. Me pareció bastante rutinario verla. Pálida, ojerosa, delgada y un poco demacrada, si a esas vamos. Era un hospital, no se puede esperar que los enfermos lleguen despampanantes como si estuvieran en una pasarela. No pueden, están enfermos y por eso van al hospital.
El caso es que yo sería el enfermero encargado de llevarla a donde el doctor. La pobre estaba en silla de ruedas porque no tenía fuerzas para caminar.
La llevé y me olvidé de ella durante el resto del día, y la semana también.
Si dije que ahí empezaron los hechos fue porque en ese momento la conocí, aunque no supiera que los hechos habían empezado.
Ni supe, ni pensé ni me interesé en ella durante toda la semana y no fue sino hasta el jueves de la semana siguiente que volvió a mi mente.
La internaron y como estaba en el turno nocturno me tocó atenderla de noche. Así supe su condición y su nombre.
Lucía, así se llamaba, padecía de una leucemia terminal y poniéndolo en palabras llanas no tenía salvación alguna. Habían logrado hacerle un par de trasplantes de médula que le regalaron unos meses de vida, pero luego su cuerpo las rechazaba y empeoraba terriblemente.
Tenía 22 años y había decidido morir en paz. No más quimio, radio ni trasplantes. Que si consiguen otra médula se la den a otro, me dijo una vez.
Ella murió. Tal vez te arruiné la historia porque tenías esperanzas de que ella viviera y fuésemos felices, pero debiste sospechar que si esto era un capítulo, encima para cicatrizar y cerrar y blablablá, ella moría. Sin embargo, fuimos felices, dentro de lo que cabe. Aunque también fui, y soy, malditamente miserable.
No diré que la amé. Pero lo hice. No tenía intención de hacerlo, es decir, ni amarla ni decírselo a usted.
Puede pensar que estoy siendo demasiado inconexo pero lo que necesito es vaciar mi mente, tal vez después lo arregle. Posiblemente no, no necesito ver esto de nuevo ni pensar en cómo mejorar las palabras con que narro la muerte ni los días que pasé con Lucía.
Porque fueron días. Pocos para mí. Si se calculan por días suenan muchos pero no. Empiezo a contar desde que me asignaron como su enfermero personal (porque así lo quiso ella).
A partir de ahí empecé a conocerla. Hablamos, la veía, y con el transcurso de los días descubría que debía ser hermosa físicamente sino tuviera todas las marcas de la enfermedad encima.
Le acariciaba el pelo, que lo tenía muy corto. Sólo lo que le había crecido luego de las quimio. A ella le gustaba y sonreía. Lo hacía débilmente porque no tenía fuerzas, pero era muy bonita.
Cuarenta días. Esos fueron los días que pasé con ella. No la conocí. Para conocer a alguien no bastan años. No me enamoré, yo pasé directo a amarla. Sabía que no tenía tiempo. Menos mal que la amé. No me hubiese perdonado si hubiera perdido el tiempo enamorándome para amarla después que muriera. Me hubiera odiado totalmente sino le hubiese dicho te amo.
Para cualquier persona cuarenta días no es mucho. Para mí tampoco lo fue. Pero agradezco haber tenido esos cuarenta días. Otra vez no mentiré y no diré que fueron los mejores días de mi vida.
Ciertamente no los fueron. Sí, fui feliz con ella, fui feliz por haberla conocido. Me reí y lloré. Ahí, con ella. Ambas. Lloraba y reía frente a ella. Hacía mal, me condenarás alegando que no debía llorar frente a ella. Pero no es así. Tú no sabes nada.
Ella había tenido tiempo de llorar, lamentarse y quejarse. Yo no. Así que a ella no le importaba que yo llorara. Ella lo había aceptado y me ayudó a aceptarlo.
Ella me amó. Quizás eso fue lo mejor de todo.
Estaba yo a su lado. En una silla, bastante incómodo, mientras dormía y sostenía su mano. Ella también dormía, lo sé. Sentí un apretón en mi mano y desperté. Mi sueño se había hecho bastante ligero en esos cuarenta días.
Me dijo que mientras dormía sintió que se empezó a morir de verdad y por eso se despertó. Y me despertó. Ella quería estar conmigo y sabía que yo quería estar con ella. Y viceversa. La miré y le dije que me avisara. No pasaron ni dos minutos cuando asintió, me acerqué y cerré los ojos en el camino.
Le di un beso como el primero que compartimos. Me alejé y con la mano libre cerré sus ojos.

Escrito por: Gisselle Beras


Creado en algún punto de 2015, según muestran los registros, y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

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