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jueves, 21 de septiembre de 2017

Así es el amor

Nuevamente la observo desde lejos. Una vez más no me atrevo a acercarme. Suena tan fácil. Sólo es cuestión de caminar los pasos que nos separan, llamar su atención y saludarla. Al menos eso. Ella podría invitarme a sentar junto a ella y entablaríamos una conversación.

Podríamos hablar acerca del libro que esté leyendo. Yo los leo también. De lejos logro ver los títulos y luego los consigo. Suelen gustarme. Y si a ella también, tenemos eso en común. Eso ya es algo.

Un día tras otro la veo llegar, sentarse en el mismo lugar, pedir algo distinto del menú. Porque siempre es algo diferente, supongo que le gusta probar cosas nuevas. Luego, se enfrasca en su lectura. Cuando acaba con su almuerzo espera la cuenta y se levanta para irse.

Sé cuándo uno de los libros que lee la tiene fascinada. Si está hundida en la historia, se levanta de la mesa y sigue leyendo mientras sale del local. Otras veces no es así, sino que tranquilamente coloca un marcapáginas, se levanta y se va.

La he observado tanto que he aprendido sobre ella. No le gusta el café y sólo lo bebe cuando sus ojeras están muy marcadas. Pero aun en esos días siempre sonríe. Disfruta la comida. Ella lee mientras come, pero aun así disfruta de ambas cosas. Aunque más pausadamente. Sus ojos se mueven lentamente mientras mastica y rápidamente cuando espera que traigan su pedido o la cuenta.

El día en que al fin he reunido el coraje suficiente y he espantado la timidez que me ha acompañado toda la vida para acercarme a ella, ella no llegó. Tampoco llegó los días sucesivos.

Un día, cuando ya habían pasado dos años desde la última vez que la vi, creí verla. Fue algo rápido y que posiblemente imaginé, o eso pensé durante la siguiente semana.

Tenía el pelo mucho más largo que hace dos años, su rostro había madurado y sus labios seguían formando la sonrisa que yo recordaba. Era ella. Estaba releyendo una gastada copia de Jane Eyre. Tenía la certeza de que la estaba releyendo, no por lo manoseado del ejemplar sino porque recordaba que ya lo habíamos leído. Primero ella y luego yo.

Decidí acercarme. Ya había aprendido mi lección cuando la perdí hacía dos años. Ella se percató de mi presencia cuando mi sombra se balanceó sobre las páginas de aquel libro. Y me sonrió. Me sonrió con la boca, con los ojos, con toda la cara y con el alma.

Hola, fue lo único que pude articular frente a su belleza inmaculada. Tenía un hermoso sonrojo en su cara limpia. Hola, habló ella bajito y bajando la vista. Tenía unos hermosos ojos marrones, el color era encantador y era la primera vez que los veía.

Le pedí sentarme y por más descabellado que parezca ella aceptó. Nos presentamos, charlamos y comimos. Luego cada cual se fue por su lado.

Contrario a lo que parezca yo no la amaba, ni estaba enamorado. Y ella tampoco sentía eso por mí. Yo estaba cautivado con ella, en algún momento quizás un poco obsesionado. Pero sólo un poco. Ella sentía curiosidad por mí.

Sentarnos juntos se convirtió en rutina y llegamos a conocernos. Conocernos en verdad. Descubrí que ella no era perfecta y me sentí inmensamente feliz por ello. Ella satisfizo su curiosidad, pero nunca se cansó.

Mucho tiempo ha pasado desde ese momento y yo sigo descubriendo cosas nuevas sobre ella y ella sigue sin cansarse de mí.

Escrito por: Gisselle Beras

Creado hace mucho tiempo y se le tumbó el polvo para sacarlo a la luz.

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