Adaptación de la canción homónima de Leonardo Favio.
–Te estás poniendo mal la corbata. Déjame ayudarte –me acerco a Mario, le ajusto la corbata y termino de hacer el nudo.
–Es que estoy demasiado nervioso –dice él, dejándose hacer.
Las manos de Mario, temblorosas mientras trataban de hacer el nudo de la corbata, caen a sus lados y su cabeza sube mientras termino de sujetar la corbata, ya hecho el nudo, con un pisacorbatas.
Mario hace muecas y sonidos, como un caballo relinchando, mientras brinca de un pie a otro.
–Pareces un payaso haciendo eso –no puedo evitar reírme.
–¡No me puedo estar quieto! Estoy demasiado emocionado.
Se pasa las manos por la cara como para despejarse. Justo en ese momento entra Andrés, su hermano menor, para avisarnos que ya es hora de tomar nuestros lugares.
Al entrar en la iglesia, el olor de las flores me invade. Por todas partes se pueden ver arreglos de rosas blancas y azucenas naranjas. Me parece una combinación inusual y vibrante. Tan parecida a Esther.
Desde el altar, junto a Mario, puedo ver la pequeña multitud que se ha reunido para presenciar el acto de amor que se llevará a cabo allí.
No mucho después aparece Esther en la puerta de la iglesia. En medio de todas aquellas decoraciones, la pequeña novia parece ser la más hermosa y delicada flor de todas. Lleva un vestido blanco y se ve un poco pálida, casi no lleva maquillaje, pero sus mejillas tienen un toque rosado pálido que no se debe más que a la emoción. Como si hubiera recibido una grata sorpresa y se estuviera recuperando del shock. A diferencia de Mario, que es un manojo de nervios, se la ve serena mientras camina lentamente al altar. Las luces del lugar la iluminan y el coro entona la marcha nupcial.
La charla que se había mantendido desde antes de que llegaramos cesó en cuanto se abrieron las puertas principales y Esther hizo su entrada. Ahora sólo murmullan su aprobación y contemplan a la bella novia mientras esta cruza la estancia.
No puedo evitar sonreír al verla tan contenta, tan feliz, tan llena. Pero tampoco puedo evitar pensar, con amargura, que así es la vida y que no puedo hacer nada al respecto, al recordar mi papel en la ceremonia.
A unos pasos de mí se encuentra Mario, esperándola. Mi amigo la espera. Amigo querido, amigo del alma. Por él. En homenaje a él debo fingir que estoy alegre. ¡Dios! ¡Cuánto la amé! Y está tan hermosa esta noche que duele mirarla. ¡Qué hermosa!
–Y yo los consagro marido y mujer en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
De acuerdo a lo planeado, la corte se aleja del altar y se encamina por el pasillo de en medio hacia la salida. Esperaremos a los recién casados fuera de la iglesia.
Nuevamente el coro canta, los novios van caminando desde el altar mayor. El bullicio ha vuelto mientras todo el mundo se levanta, aplaude, abraza, besa y felicita a los novios.
Mientras van recibiendo saludos y felicitaciones de los invitados en su camino a la salida y posterior recepción, no puedo evitar pensar acerca de lo que pudo haber sido y no fue. De lo que quise que fuera y ya nunca será.
Le ruego a Dios que nunca se sepa que mordí mis labios para no gritar cuando el padre preguntó si había alguien que se opusiera. Que mi alma está en sombras desde que supe que entablaron una relación y que lloré en silencio cuando me dijeron que se casarían. No de felicidad como ellos pensaron. Dios, que nunca se sepa que no podré olvidarla jamás.
–¡Oh, Dios, ya están cerca mío! Ayúdame –digo en un susurro a media voz. Me sorprendo a mí mismo por haber dicho aquello en voz alta y ruego a Dios que nadie me haya escuchado.
–¡Víctor, hermano! ¿No me dices nada? –me saluda Mario, abriéndome los brazos y acercándose. Me da uno de esos abrazos de hombre con palmadas en la espalda incluidas.
–¡Oh, perdón! Es que estoy tan emocionado –digo, al salir del trance en el que me hallaba–. Yo… yo te deseo toda la dicha que hubiera deseado para mí. Y, además, mmm… No sé.
–¿Y para mí? –interviene Esther con una sonrisa entre tímida y radiante.
–Para ti… –suspiro–. Lo mejor, mi vida. Y un deseo –digo, acordándome de pronto–, la promesa de que el primer hijo llevará mi nombre en recuerdo del amor que les tengo. Y, además, porque fui yo quien los presentó –termino, tragando el nudo en mi garganta.
–De acuerdo –me dice Mario solemnemente.
–De acuerdo. Un abrazo –abro mis brazos hacia él.
–¡Un abrazo, hermano!
Mario me abraza. Esta vez sin las palmadas en la espalda, pero con mayor sentimiento incluso.
Se alejan y siguen saludando amigos.
–Adiós, mis amigos, queridos del alma –digo para mí–. Le ruego a Dios que sean felices, que toda la dicha que me fue negada, la virgen María se las dé a los dos. Adiós, queridos del alma.
Parado en la cima de la escalinata de la iglesia, con las manos en los bolsillos y una lágrima saliendo por el rabillo de mi ojo izquierdo, veo como Mario, mi más querido amigo, y Esther, la única mujer a la que he amado, suben al auto que los espera para llevarlos a la recepción. Los invitados también se encaminan a la recepción y cuando me doy cuenta me encuentro solo. Ya todos se han marchado. Yo también debo ir con ellos. A fin de cuentas, me corresponde realizar el discurso del padrino.
Bajando la escalinata limpio la lágrima solitaria que corre por mi mejilla izquierda.
Escrito por: Gisselle Beras
Creado el 13 de enero de 2018
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